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¿Hay en Colombia 13 millones de fascistas? Insumos para leer las urnas 

Guillermo Perez Flórez

Ganó De la Espriella. Lo fácil sería concluir que Colombia se interna en una especie de fascismo 2.0, sumándose a la cruzada internacional reaccionaria que recorre el mundo, que tiene en Donald Trump su principal referente, y en Netanyahu, Milei y Bukele algunos de sus acólitos. Sin embargo, me niego a creer que en Colombia existan trece millones de fascistas. Como me niego a admitir que haya trece millones de comunistas. Pensarlo así es falsear la realidad, y reducir un fenómeno complejo a una caricatura ideológica, a un vulgar meme.

Esta semana, tratando de escapar del alud informativo sobre la jornada electoral, encontré un artículo titulado: “Ni una fase, ni una moda: la bisexualidad sale del armario gracias a las mujeres que hablan de ello”. Lo leí con la esperanza de tomar distancia de la política. Fue imposible. Ocurrió exactamente lo contrario. La autora, Marita Alonso, sostiene que uno de los principales obstáculos para el reconocimiento social de la bisexualidad es la persistencia de una visión binaria de la sexualidad: la idea de que las personas solo pueden ser heterosexuales u homosexuales. Y que la bisexualidad desafía esta idea porque pone de manifiesto que la experiencia humana no siempre encaja en categorías excluyentes. Allí donde el pensamiento binario exige escoger entre A o B, la vida muestra la existencia de múltiples posibilidades intermedias, simultáneas o cambiantes. 

Al mismo tiempo que leía el artículo, pensaba en que el binarismo no se limita a la sexualidad, y que se extiende a otros ámbitos de la vida, entre ellos la política y la economía. Mi hipótesis es que estamos interpretando estas elecciones con categorías propias del siglo XX, mientras los electores actúan cada vez más con las lógicas de una sociedad de identidades fluidas. 

La crisis de las identidades sólidas

Durante décadas interpretamos la política mediante el eje izquierda-derecha. Esa matriz de análisis fue útil en determinados contextos históricos. Permitió identificar proyectos económicos, concepciones de Estado y visiones contrapuestas de la sociedad. Pero hoy muestra limitaciones. El mundo del siglo XXI parece cada vez menos dispuesto a encajar en esa división. Vemos fenómenos aparentemente contradictorios. Ciudadanos que defienden políticas sociales robustas y, al mismo tiempo, exigen mano dura contra la delincuencia organizada. Personas favorables a la economía de mercado que apoyan una fuerte intervención estatal en áreas estratégicas. Votantes conservadores en asuntos culturales que respaldan reformas económicas progresistas. Ciudadanos que cambian de preferencia electoral de una elección a otra sin experimentar ninguna contradicción ideológica.

Es la crisis de las identidades sólidas y el tránsito hacia a una sociedad de identidades fluidas, que postuló Zygmunt Bauman. Su idea central es que la modernidad clásica construyó instituciones, ideologías e identidades relativamente estables. Las personas nacían, crecían y vivían dentro de marcos de referencia definidos: clase social, religión, partido político, nación, o tipo de familia. La identidad se heredaba y permanecía. Sin embargo, en la modernidad líquida, esos marcos pierden estabilidad y solidez. Las identidades dejan de ser destinos y se convierten en opciones. Ahora bien, la modernidad líquida genera inseguridad e incertidumbre, lo cual suele traducirse en demandas de orden.

A comienzos de este siglo llegué a pensar que la vieja matriz izquierda-derecha podría ser reemplazada por otra oposición conceptual: tribalismo versus pluralismo. El tribalismo entiende la política como la lucha permanente entre identidades enfrentadas. Solo acepta el diálogo entre quienes piensan igual. El pluralismo, por el contrario, reconoce la legitimidad de la diferencia y la coexistencia de múltiples visiones del mundo. Este enfoque, en mi opinión, permitía mayor amplitud. Con el paso del tiempo comprendí que también quedaba atrapado en la misma lógica binaria que pretendía superar. 

Desde esa perspectiva, el resultado del domingo pasado adquiere una dimensión diferente. Una parte significativa de quienes votaron por De la Espriella probablemente no lo hicieron porque compartieran su identidad ideológica, en la cual de hecho éste no hizo mayor énfasis. Privilegió la arenga y el espectáculo. Muchos de sus electores expresaron un rechazo emocional al presidente Petro y su gobierno; otros votaron movidos por preocupaciones relacionadas con la salud, la seguridad o el hastío frente a determinadas formas de hacer la política. Del mismo modo, buena parte de quienes apoyaron a Iván Cepeda no necesariamente pueden clasificarse como petristas o como hombres y mujeres de izquierda. Lo demuestra la remontada de este para la segunda vuelta, de más de tres millones de votos, que es en mi sentir el hecho político de estas elecciones, el cual algunos pretenden deslegitimar con la absurda tesis del ‘voto fusil’. 

La cuestión es que la realidad es más fluida y compleja de lo que admiten los analistas. Es perfectamente posible que una misma persona haya votado por Petro en 2022, y ahora por De la Espriella. También que votantes de Rodolfo Hernández, hayan depositado su voto por Cepeda. Quien observe esos desplazamientos desde la lógica binaria concluirá que existe incoherencia. Quien los analice desde la complejidad entenderá que los ciudadanos responden a contextos cambiantes, prioridades distintas y preocupaciones concretas. 

Y así como nuevas generaciones cuestionan categorías tradicionales relacionadas con la identidad, el género o la sexualidad, hacen lo propio con adscripciones ideológicas rígidas. Las identidades políticas se vuelven también móviles. 

Es la sociedad líquida de Bauman. Si esto es lo que está pasando, sería un error interpretar el resultado electoral exclusivamente a través de los viejos lentes. Colombia no se ha convertido en un país fascista – ¡Dios nos libre! -, como tampoco se volvió un país comunista, según nos lo pronosticaron hace cuatro años. Ni ha habido un movimiento pendular. Esa es una interpretación frecuente entre analistas y comentaristas políticos. Ahora bien, otro aspecto, es que los ciudadanos ya no votan con el carnet de un partido o de una ideología, responden a muchos otros factores, como el poder del dinero, el constreñimiento al elector, la guerra de narrativas de miedo y odio que inundan las redes sociales, la compra de votos, o por la injerencia abierta y descarada de Washington, expresada en las declaraciones de Trump y Rubio en apoyo a De la Espriella. No obstante, nada de esto debería leerse como una adscripción ideológica. Sería un error. 

Síntesis y desarrollo práctico

Por qué es importante esto. Porque de la forma como se procese lo sucedido en las urnas se van a asumir las nuevas identidades de gobierno o de oposición, y de ello depende el destino de Colombia. ¡Casi nada!  El presidente electo ha intentado distanciarse de la gramática violenta de la campaña, en la que aludida a la “plaga” a la que hay que “destripar”. Ahora habla de que no existen vencedores ni vencidos. Eso es positivo. Habrá que esperar a sus primeras ejecutorias, para saber con certeza cuáles son sus prioridades y hacia donde quiere enrutar a Colombia.  

Cepeda por su parte, ha hecho bien en reconocer el resultado e insistir en la búsqueda de un Acuerdo Nacional, el cual de momento no se ve posible, pero que merece intentarse. Las dos mitades en que está dividido, no pueden mirarse dentro de la categoría binaria de amigos y enemigos. Hay que seguir atentos. 

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