Carlos Eduardo Lagos C
El discurso de posesión de Abelardo de la Espriella dejó algo más que anuncios sobre seguridad, economía y orden público. También mostró una particular concepción de la autoridad, acompañada de símbolos que merecen ser observados con atención: el saludo militar, el bastón de mando militar y la reivindicación de la llamada Regeneración.
No es necesario convertir estos elementos en una acusación contra el nuevo gobierno. Apenas comienza su mandato y serán sus decisiones, más que sus símbolos, las que permitan establecer hacia dónde pretende conducir al país. Pero tampoco sería sensato ignorar el lenguaje político que está utilizando.
Colombia necesita autoridad. Después de años de deterioro de la seguridad, expansión del crimen organizado, pérdida de control territorial y creciente desconfianza institucional, recuperar la capacidad del Estado para hacer cumplir la ley es una necesidad democrática, no una posición ideológica. La discusión comienza cuando preguntamos qué entendemos por autoridad.
El bastón de mando militar utilizado durante la ceremonia tiene una carga simbólica evidente. El Presidente es constitucionalmente el Comandante Supremo de las Fuerzas Armadas, por lo que su relación con la institución militar es legítima y necesaria. Sin embargo, incorporar de manera visible un atributo asociado al mando militar dentro de una ceremonia de investidura civil introduce una imagen que no puede considerarse simplemente decorativa. Los símbolos también comunican una idea del poder.
Algo semejante ocurre con la palabra Regeneración. En la historia colombiana, ese concepto remite al proyecto político encabezado por Rafael Núñez y desarrollado constitucionalmente con Miguel Antonio Caro. Fue una reacción contra el radicalismo liberal y produjo una profunda transformación del Estado colombiano, acompañada por una fuerte centralización del poder.
Sería un error histórico trasladar aquella experiencia de manera mecánica a la Colombia de 2026. El país de hoy no es el país de finales del siglo XIX. Pero tampoco podemos desconocer lo que las palabras significan dentro de nuestra memoria política.
Por eso resulta legítimo formular una pregunta, sin convertirla todavía en una conclusión: ¿Estamos ante una recuperación de la autoridad del Estado o ante una nueva concepción del poder que entiende la Regeneración como principio ordenador de la República?
La respuesta no está todavía en el discurso. Estará en las decisiones.
También será necesario observar cómo se relacionará el nuevo gobierno con las instituciones, con la oposición, con la justicia, con los medios de comunicación y, especialmente, con las Fuerzas Armadas.
Un Estado fuerte no es necesariamente un Estado autoritario. La diferencia está en los límites. La democracia necesita instituciones capaces de ejercer autoridad, pero también instituciones capaces de contener al propio poder. Esa tensión es saludable y constituye una de las bases de la democracia liberal.
La historia ofrece aquí una advertencia, no una profecía. La Regeneración del siglo XIX terminó produciendo una arquitectura política que restringió espacios de participación y contribuyó a una creciente confrontación partidista que desembocaría, años después, en la Guerra de los Mil Días. Eso no significa que cualquier referencia contemporánea a la Regeneración conduzca inevitablemente al mismo resultado. Significa que las palabras políticas tienen memoria y que conviene utilizarlas con conocimiento histórico.
Por ahora, más que juzgar al gobierno entrante, corresponde observarlo.
La autoridad puede ser una herramienta para recuperar el Estado o puede convertirse en una concepción del poder que termine subordinando las instituciones a una determinada visión política. Entre ambas posibilidades existe una frontera que solamente podrán definir los hechos.
Colombia no necesita gobiernos débiles. Tampoco necesita gobiernos que confundan la fortaleza con la ausencia de límites.
Necesita un Estado fuerte, legítimo y sometido a la Constitución.
Y quizá esa sea la verdadera prueba de la llamada Regeneración: no cuánto poder consiga concentrar el Estado, sino cuánto sea capaz de ejercer sin dejar de reconocer los límites que hacen posible una República.




