William Ospina
Es la historia la que hace visible la geografía. Ahora, bajo este gobierno, sí que vamos a ver el mapa verdadero del territorio, el que han ido tejiendo 130 años de centralismo. Ahora existen más que nunca el centro y la periferia, y vuelve a hacerse visible esa U misteriosa que empieza en el golfo de Urabá y termina en el Catatumbo.
Un poco más de lo que fue el viejo Estado del Cauca, otrora gobernado con un criterio arrogante y señorial, objeto de ignorancia estratégica, abandonado a su suerte por el país bipartidista, y ahora vuelto a convertir por sus recursos en el banco de rapiñas de los nuevos conquistadores de América.
El capitalismo, que es salvaje por definición, supo temprano que América era El Dorado, pero arrullado por los alquimistas llegó a pensar que la única riqueza era el oro. Pronto aprendió de perlas y canela, de esmeraldas y caoba, de palo de Campeche y tabaco, de cacao y de quina, de papas y tomates, de cobre y de guano, de madera y carbón, de azúcar y petróleo.
Y no hay que equivocarse, para el gran capital no existe Venezuela sino el petróleo, no existe Colombia sino el banano y la palma, el oro y la coca, no existe Brasil sino la selva, no existe Argentina sino el ganado y la pampa, no existe Chile sino el cobre, no existió Potosí sino la plata. El río de la plata, en el sentido más vulgar del término.
Si después de la guerra respetaron por un rato las fronteras fue porque habían logrado un orden económico mundial adecuado a sus necesidades del momento, por eso dos o tres generaciones aprendimos a ver las fronteras como algo estable, como un orden indiscutible y de siglos.
Solo han pasado 80 años, y ya el país que compró la Florida y la Luisiana, Texas y Nevada, Alaska y Hawaii, necesita para su inteligencia artificial el frigorífico de Groenlandia, para sus guerras eternas el petróleo de Venezuela, para su supremacía continental las guerras de la droga; necesita las tierras raras de Ucrania y el estrecho de Ormuz.
Esos ojos que están en los satélites no ven países sino minas y fábricas, reservas y mercados, no ven seres humanos sino obreros o estorbos, consumidores que hay que seducir y emigrantes que hay que perseguir. Y esas respetables instituciones que son las alianzas de Estados y las Naciones Unidas son importantes cuando les sirven, y al menor obstáculo se convierten en ilustres ficciones.
Voltaire dijo en su libro “El siglo de Luis XIV” que todas las épocas se parecen por la ferocidad de sus príncipes y la malignidad de sus ejércitos, por la perfidia de sus inquisidores y la codicia de sus mercaderes, y que solo unas cuantas edades se han destacado por el brillo de sus ideas y la grandeza de sus sueños, por el refinamiento de sus inventos y la magia creadora de sus artes.
Recordaba en Occidente la Atenas de Pericles y la Roma de Augusto, la Florencia de los Medicis y la Francia de la Ilustración. Puestos a ver con mirada más fina, hay épocas en que las distintas regiones del mundo han logrado engendrar los grandes relatos que hicieron posible la paz de unas edades y la estabilidad de unas civilizaciones.
Nada fue para siempre, pero hubo fascinantes mitologías que interpretaron con belleza y complejidad todo un mundo. Alguien acaba de demostrarnos que Homero sigue vivo en el fondo de nuestras conciencias a pesar de treinta siglos de guerras y de éxodos; que cuando se conquistan ciertos símbolos la humanidad gana siglos de equilibrio y fortaleza.
Digo esto para sugerir que a pesar de la barbarie de nuestra historia en estos cinco siglos, el continente americano, que en el norte supo engendrar a Whitman y a Faulkner, ya ha sido capaz de tejer en la América Latina unos orbes del lenguaje que serán con los años, con los siglos, orgullo y serenidad para incontables seres humanos.
Hablo por ahora de literatura, que es donde se percibe mejor el relato, pero esta reflexión puede extenderse a todos los ámbitos de la cultura creadora. Pienso en el tejido profundamente mestizo de Juan Rulfo y de José Lezama Lima, en el Caribe de Gabriel García Márquez y en la cordillera verbal de Pablo Neruda, y hablo de ese artífice inabarcable y genial, Jorge Luis Borges, que le ha mostrado al mundo la espléndida universalidad de la América Latina. Es allí donde no se puede negar que existen México y Cuba, el gran Caribe y Chile, que existe la Argentina.
No creo que haya hoy en el mundo un tejido verbal, un cosmos literario más digno de estudio y de admiración que las obras de estos cinco autores, ni nada más tentador que descubrir qué relato de civilización y qué interpretación de la historia entretejen para la época y para el mundo.
Esta semana, en el Festival de Venecia, una obra inesperada ha eclipsado todo el resto de la muestra: un documental de cinco horas y media sobre Jorge Luis Borges.



