Guillermo Pérez Flórez
A solo unos días de la primera vuelta, el saldo más evidente que deja la actual campaña electoral es el incremento sostenido de la pugnacidad casi prebélica que domina a algunos candidatos. Una situación peligrosa derivada de entender la política como la continuación de la guerra por otros medios, que sigue a la concepción cercana a la de Carl Schmitt, quien la definía desde la categoría amigo-enemigo; lógica que tanto le sirvió a Hitler en su persecución contra judíos y gitanos.
Carl von Clausewitz sostenía que «la guerra es la continuación de la política por otros medios», pero la lógica schmittiana opera a la inversa: termina siendo una prolongación de la guerra con otras armas. La política así concebida representa un peligro para cualquier país. Conspira contra la unidad nacional, la convivencia y el progreso; es el insumo perfecto para viralizar el odio y la violencia. Admito que esta tendencia se ha extendido en el plano internacional, pero eso no significa que deba asumirse como normal ni mucho menos respaldarse.
Reducirla a un campo de batalla donde prevalecen dilemas como «ellos o nosotros», sin espacio para la coexistencia, es una concepción primaria y tribal. El fin superior es aniquilar al otro. Esa visión termina definiendo la gramática, las consignas y las metáforas del ejercicio electoral. Es la negación del sentido que los griegos dieron a la polis. Convierte la discusión pública en una confrontación binaria entre «buenos» y «malos», «ángeles» y «demonios». Satanizar al adversario —aunque no se le destruya— para mantenerse vigente. Y como es una “guerra”, los mensajes apelan más a la emoción que a la razón; al sistema límbico más que al neocórtex. De allí que se busque provocar hondas pasiones antes que reflexiones profundas.
En esa dimensión adquieren relevancia la escenografía y la gestualidad, así como la utilización de códigos militares. Se comienza con el saludo marcial, se pasa al camuflado, luego aparecen manifestaciones con bates y cuchillos. De allí a empuñar un arma de fuego resta solo un paso. Esa mentalidad no deja espacio para la matización. Quien no se matricule en ella es simplemente un “tibio”. Se impone el macho alfa; la manada sustituye a la sociedad o al pueblo. En la guerra no se debate con el enemigo para convencerlo: se le derrota o se le neutraliza.
La guerra como génesis del uribismo
Las campañas de Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia siguen esa concepción. Ambas se han centrado en competir por quién es más duro frente al candidato oficialista Iván Cepeda. Lo miran como enemigo, no como adversario. Siguiendo el libreto del expresidente Álvaro Uribe Vélez —todavía anclado en la lógica de guerra de comienzos de siglo, cuando lideró la confrontación contra las Farc— sostienen que Cepeda representa un peligro existencial y que derrotarlo es la única manera de “salvar a la patria”.
Por eso lo presentan como el “heredero” de las Farc, pues asociarlo con esa guerrilla legitima la continuidad del conflicto político bajo códigos bélicos. Lo responsabilizan de los delitos cometidos por grupos ilegales vinculados a economías criminales y lo señalan como el padre de la “paz total”. Uribe inspira buena parte de esa conducta. Ha dicho, por ejemplo, que “Cepeda es peor que el presidente Petro, porque este al menos sonríe”. Afirma que tiene “una mirada de odio” y que produce miedo. Incluso ha llegado a compararlo con el exdictador ugandés Idi Amin. No alcanzaría el espacio de esta columna para enumerar los descalificativos dirigidos en su contra. Por fortuna para el país, Cepeda ha evitado ceder a la provocación.
Cepeda y Fajardo
Al comienzo de esta campaña llegué a pensar que la oposición podría apoyar a Sergio Fajardo y que la contienda final sería entre él y Cepeda. Habría sido interesante. No he visto a ninguno de los dos recurrir al insulto, a la descalificación personal ni a la calumnia. Habría sido útil, incluso desde el punto de vista pedagógico, contrastar dos visiones de sociedad y de Estado sustentadas en programas y reflexiones de futuro.
Cepeda, a diferencia del presidente Gustavo Petro, suele autocontrolarse. De hecho, para evitar que la atmósfera emocional de las plazas públicas le juegue una mala pasada o que sus palabras sean tergiversadas, se impuso la disciplina de escribir y leer sus discursos.
Que un político lea sus discursos —como solían hacerlo Alberto Lleras y Darío Echandía— en medio de una atmósfera dominada por la improvisación, el arrebato emocional y la confrontación en redes sociales, constituye un rasgo profundamente comunicativo. En la cultura política latinoamericana el líder suele apelar a la improvisación apasionada y a la conexión emocional directa con la multitud. Petro es, posiblemente, el mejor orador de los últimos tiempos: construye su discurso mientras habla, se inspira en el momento. Desde el punto de vista temático, sus intervenciones poseen más densidad conceptual que las de Jorge Eliécer Gaitán, aunque el caudillo liberal tenía un verbo capaz de electrizar multitudes de manera extraordinaria. Pero el balcón y el megáfono no siempre son buenos consejeros. Es una lección que Petro aprendió después de su arenga en Times Square.
Lo que Colombia necesita
Quienes dicen defender la democracia y la Constitución de 1991, si realmente desean hacerlo, harían bien en examinar la perspectiva de Bernard Crick, autor del clásico “En defensa de la política”. Mientras para Schmitt es conflicto, exclusión y posibilidad de guerra, para Crick representa exactamente lo contrario: el único antídoto contra la violencia y la coacción. Por eso la define como «la actividad mediante la cual se concilian intereses divergentes dentro de una unidad de gobierno determinada». Para Crick, la política solo existe cuando se acepta que en una sociedad conviven distintos grupos, tradiciones e intereses, y se elige negociar en lugar de exterminarse.
En su trayectoria, Fajardo también se ha negado a entrar en agravios personales. Ha sido un crítico severo de Petro, pero sin insultos ni agresiones, incluso introduciendo matices, como ocurrió en el famoso café con Paloma Valencia en Barranquilla, cuando reconoció que Petro puso en primer plano las grandes desigualdades del país y que esa discusión ya no tiene marcha atrás. A pesar de sus errores estratégicos, Fajardo se ha mantenido fiel a una ética. Se lo dijo a Valencia: nunca ha aceptado participar en confrontaciones que convoquen al odio ni se ha torcido para llegar a la Presidencia. Un comportamiento que lo hace merecedor del voto. Y así lo haré.
Colombia necesita superar esa cultura bélica de la política. Civilizarla —aunque la expresión parezca redundante— no es una postura romántica, sino una necesidad económica y de convivencia. La velocidad con la que avanza el mundo y los enormes desafíos económicos, sociales y tecnológicos que enfrenta el país exigen otra actitud. Mientras los colombianos sigamos viéndonos como enemigos —un patrón histórico persistente— jamás avanzaremos al ritmo que necesitamos.
Cepeda y Fajardo podrían tomarse un café. No para explorar alianzas electorales, sino para contribuir a desarmar los espíritus y evitar que Colombia se precipite en un abismo de barbarie donde la visión de Schmitt termine extendiéndose al conjunto de la sociedad. Y si a ese café se suma más gente, tanto mejor.




