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¿El fútbol es deporte o solo negocio?

Víctor Alarcón Zambrano

Se viene el Mundial de fútbol y los tres países que servirán de sede tienen todo listo. El problema político, de asistencia y de seguridad con el equipo iraní está superado. Todo hace prever un éxito total, aunque el principal tema no es el deporte en sí, sino la prevención de un posible ataque terrorista.

Se espera que el evento mueva una economía global de 80 mil millones de dólares y que aporte 40,9 mil millones al PIB mundial. La FIFA embolsará más de 10.900 millones de dólares, y se ocuparán unas 24.000 personas. El comercio, las líneas aéreas y la industria hotelera tendrán ingresos adicionales del 45 %. Se estima que unos seis millones de personas visiten los tres países, con un promedio de gasto per cápita de US$ 6.500.

Las federaciones nacionales de los equipos participantes se repartirán una bolsa de 655 millones, de la cual 50 millones son para el campeón, 33 para el subcampeón, 29 para el tercero y 27 para el cuarto; 19 millones para cada equipo que llegue a cuartos de final y 15 para los que lleguen a octavos.

Solo por participar, cada federación tiene asegurados 9 millones, más 1,5 millones para gastos de preparación. El ingreso adicional depende de su posición en el certamen, tal como se especifica arriba. Además, la FIFA paga a cada federación 11.000 dólares diarios por cada jugador.

Cabe anotar que, como es lógico, la mayor audiencia la tendrá la televisión, gran competencia frente a los elevados costos oficiales de las entradas, que según expertos van desde US$ 400 hasta US$ 1.800. La inevitable reventa aumenta varias veces este costo.

Lo anterior es espectacular: una “industria” muy rentable. Pero… ¿y el fútbol? ¿Conserva su esencia deportiva? ¿Tiene aún la naturaleza que constituye su razón de ser? Esa disciplina noble y hermosa de mover limpiamente un balón y tratar de pasarlo por la línea de meta del contrario, ¿todavía conserva su magia? ¿Conserva el espíritu deportivo de su inventor? ¿Es una diversión sana? ¿Es ejemplo de gallardía y nobleza? La respuesta es no.

El fútbol ha perdido su brillo por culpa de jugadores marrulleros, payasos e irresponsables; ostentosos en el triunfo e iracundos en la adversidad, incapaces de aceptar las decisiones arbitrales o la superioridad del contrario; de jugadores sin educación que irrespetan al público con sus peleas. Por entrenadores que enseñan técnicas pero no forman personas dentro del campo, que no enseñan humildad en la victoria ni gallardía en la derrota. Por árbitros incapaces de hacer cumplir las reglas, que permiten insultos, gritos, empujones y peleas frente a ellos; y, por último, por la misma FIFA, que no ha sido lo suficientemente sabia para modificar las reglas.

El fútbol tiene mucho que aprender del baloncesto. Se deben jugar 35 o 40 minutos reales, con detención del tiempo mientras se administran penalidades, se atienden lesiones, se realizan sustituciones, se ordena la detención del juego por cualquier motivo o se celebran goles. Limitar el tiempo que tiene un jugador para reposiciones de línea o de meta, cobros de tiros de esquina o tiros libres. Sin duda, con estos cambios habrá verdadera justicia y no se dependerá de la voluntad del juez.

¿Ha cronometrado usted el tiempo que se pierde mientras se hace la barrera para cobrar un tiro libre o un penalti? ¿No es testigo de la falta de autoridad de los jueces, que se dejan rodear de jugadores no solo para reclamar una sanción sino para tratar de cambiar una decisión o, en últimas, demorar el cobro? ¿No es usted testigo del tiempo que se pierde en una sustitución? ¿Por qué el jugador que sale no abandona la cancha por la línea más cercana a su posición y no caminando —empujado por el juez y los oponentes— por el centro del campo?

Claro que existen jugadas de contacto que producen dolor. Pero ¿cuántos no exageran y fingen para hacer parar el juego, disfrazando cansancio o deliberadamente “quemando tiempo” cuando van ganando, y milagrosamente se curan cuando les suministran agua bendita que cura todo dolor? ¿Por qué el entrenador que va ganando hace sustituciones faltando tres o dos minutos para el final? ¿No es un insulto al jugador ponerlo a jugar un par de minutos?

Lo que hoy vemos en un partido es una lucha libre: agarrones, pisotones, zancadillas, empujones, codazos, cabezazos y golpes bajos. El cobro del tiro de esquina convierte el área chica en un cuadrilátero de lucha con la complacencia del árbitro. Y lo peor: si el juez sanciona la falta, el infractor la niega, a pesar de haber sido visto por miles en el estadio y miles más en la televisión. No: esto no es fútbol. Hay que erradicar el juego sucio y malintencionado. El jugador que contacte al oponente por detrás, sin posibilidad de disputar la pelota, debe ser expulsado. Eso no es juego limpio.

Al final del juego, ¿por qué no se obliga a que cada equipo permanezca en su mitad de cancha y se evite así el horrendo espectáculo de peleas posteriores?

Es innegable que es el deporte más popular del mundo y que, a la vez, es un gran negocio. Por eso debe ser reformado, para que sea un verdadero deleite para quien paga un alto precio por ir a un estadio.

No sé cuántos de mis lectores me llamarán iluso ni cuántos compartirán mis conceptos, pero lo cierto es que sí se debe —y se puede— mejorar lo actual para justificar su gran audiencia.

Mientras esto cambia para bien, hagamos fuerza por nuestra selección, pues cuando juega se convierte en el único motivo por el cual se siente patriotismo y alegría sin distinción de raza, política o edad.

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