Octavio Cruz
La inteligencia, con el tiempo, se ha transformado en una astucia depredadora, a raíz de la degradación de los valores descartando la búsqueda de la verdad y el bien común, para sustituirlos por una lógica de supervivencia donde lo eficaz se impone sobre lo justo. Esta mutación no ha sido espontánea: responde a una arquitectura de poder que ha sabido capitalizar la fragilidad ética de las sociedades contemporáneas.
En ese escenario emergen las cacocracias, formas de gobierno donde los peores —no por incapacidad técnica, sino por su precariedad moral— alcanzan y consolidan el poder. No se trata ya de errores del sistema, sino de su perfeccionamiento perverso: la selección negativa se vuelve regla. La mediocridad estratégica desplaza al mérito, y la astucia sin escrúpulos se erige como virtud política.
Lo más inquietante es que este fenómeno no se limita a una geografía específica. Se manifiesta con distintos matices en democracias formales, en regímenes híbridos y en estructuras autoritarias. Cambian los rostros, pero no las prácticas: manipulación de la verdad, instrumentalización de la justicia, degradación del lenguaje público y banalización de la corrupción.
La palabra, que alguna vez fue vehículo de sentido y deliberación, hoy es utilizada como herramienta de confusión. Se vacían los conceptos, se invierten los significados y se fabrica una realidad paralela donde la mentira compite en igualdad de condiciones con el hecho verificable. Así, la opinión pública deja de ser un espacio de construcción colectiva para convertirse en un campo de batalla semántico.
En este contexto, el ciudadano enfrenta una disyuntiva compleja: adaptarse a la lógica imperante o resistir desde una ética que parece anacrónica. Sin embargo, la historia demuestra que toda degradación tiene un límite. Las sociedades, tarde o temprano, reaccionan frente al abuso sistemático, aunque el costo de esa reacción suele ser elevado.
La pregunta de fondo no es si estamos ante una crisis, sino qué tipo de crisis es esta. Si se trata de un tránsito hacia nuevas formas de organización o de una decadencia prolongada que amenaza con normalizar lo inaceptable. Tal vez la respuesta radique en la capacidad de reconstruir referentes éticos que no dependan exclusivamente de las instituciones, sino que emerjan de una conciencia colectiva más exigente.
Porque, al final, ninguna cacocracia se sostiene sin algún grado de consentimiento, explícito o tácito. Y es allí donde reside tanto su fuerza como su debilidad.




