Guillermo Perez Flórez
El arresto de Alex Saab en Venezuela y su entrega a Estados Unidos no es un simple episodio de crónica judicial. Sería un error verlo así. Es una nube negra que puede presagiar muchas tormentas y convertirse en un asunto de interés nacional; por eso no puede pasar inadvertido ni subestimarse. Menos aún si se observa desde el escenario hipotético de que Abelardo de la Espriella llegase a ganar la Presidencia de Colombia, dado que durante años fue el abogado del principal operador financiero del chavismo.
Saab no es un contratista más ni un empresario en desgracia política. Es más que el “testaferro de Maduro”. En el plano financiero, es la caja negra del régimen. El hombre de los secretos. El cerebro que articuló durante más de una década contratos de petróleo, oro, alimentos —el programa CLAP—, importaciones opacas y redes de empresas fachada en paraísos fiscales. El puente invisible entre Caracas e Irán, Turquía, Rusia, los Emiratos Árabes Unidos y otros nodos donde el dinero del régimen se movía por fuera del sistema financiero controlado por Washington. Su nueva extradición a la justicia estadounidense lo convierte en un activo estratégico que Washington no vacilará en exprimir al máximo.
Cuando el silencio ya no paga
Saab enfrenta un dilema sin salidas fáciles: guardar silencio y hundirse con el barco, o hablar para tratar de salvarse. Su margen de maniobra pasa por ofrecer información verificable sobre las estructuras financieras del régimen, lavado de activos, nombres de testaferros, acuerdos con terceros países y eventuales vínculos con redes criminales transnacionales. Puede convertirse en un testigo clave no solo contra Nicolás Maduro, sino contra todo el entramado político y financiero que lo sostuvo. La moneda de cambio, para obtener reducción de pena, protección familiar y eventual reubicación, será la información.
En esa lógica, su mirada puede dirigirse no solo hacia Caracas, sino también hacia Bogotá: hacia los años en que fue investigado en Colombia y defendido por De la Espriella y protegido de la senadora Piedad Córdoba. Su situación actual es radicalmente distinta a la de junio de 2020, cuando fue detenido en Cabo Verde —arrestado a petición de Estados Unidos mientras hacía escala en el aeropuerto de Praia— y trasladado a Miami, donde enfrentó cargos por conspiración para lavar dinero. En esa oportunidad se declaró no culpable y, gracias a una negociación política entre Biden y Maduro, fue liberado en diciembre de 2023 como parte de un intercambio de prisioneros que permitió también la libertad de diez ciudadanos estadounidenses detenidos en Venezuela.
Durante ese cautiverio Saab guardó silencio para proteger a Maduro, y este lo defendió a capa y espada. Al final le fue bien: pasó del infierno al paraíso, fue recibido como héroe y más tarde nombrado ministro del Poder Popular de Industrias y Producción Nacional. El problema es que las circunstancias han cambiado de manera radical. Trump no es Biden. Maduro y Cilia Flores están detenidos desde enero pasado, y su antigua compañera de gabinete, Delcy Rodríguez, decidió convertirlo en moneda de cambio y entregarlo. Cayó en desgracia. Lo arrestó un mes después de la ‘extracción’ de Maduro.
Un problema para De la Espriella
En el plano estrictamente jurídico, haber sido abogado de Saab no convierte a De la Espriella en responsable de los delitos de su cliente. La defensa técnica es una función legítima en cualquier Estado de derecho. Ese no es el problema. El quid del asunto es que en política —y más aún en una eventual Presidencia— la pregunta no es solo qué hizo alguien, sino cómo se percibe lo que hizo. De la Espriella fue abogado de Saab durante varios años, cuando este ya era señalado públicamente como operador del chavismo y testaferro de Maduro. Y era también el estratega de la defensa mediática cuando se acusaba al barranquillero de ser parte del entorno político de Maduro, un papel que no le correspondía como abogado.
De la Espriella afirma haber roto con él cuando Saab ingresó a la lista OFAC, pero la huella de esa relación permanece muy en la penumbra. Si Saab decide mencionar conversaciones, reuniones o estrategias de defensa —aunque hayan sido legales—, De la Espriella podría terminar apareciendo en expedientes, testimonios o filtraciones. Y ahí comenzaría su calvario. Y un problema para Colombia.
Si en su intento de negociar con Estados Unidos Saab formula declaraciones que involucren —directa o indirectamente— a su antiguo abogado, el impacto no se quedaría en la persona: salpicaría a la institución presidencial y, por extensión, al país. De llegar el tigre a la Casa de Nariño, cualquier información que posea Saab, por menor que parezca, comprometería políticamente a un jefe de Estado de un país clave para las aspiraciones hemisféricas de Trump. La prensa internacional reduciría el relato a un titular devastador: “El presidente colombiano fue abogado del operador financiero de Maduro, hoy testigo de la justicia estadounidense”. La autoridad moral del jefe de Estado se erosionaría, incluso sin una sola imputación penal.
Por la relevancia del caso, una corte estadounidense podría intentar solicitar el testimonio o la cooperación judicial del presidente colombiano, aunque fuese solo como testigo.
¿Podría De la Espriella negarse a declarar amparado en el secreto profesional entre abogado y cliente? Este privilegio procesal protege las comunicaciones confidenciales realizadas con el fin de obtener asesoría legal, pero no los hechos, transacciones financieras, ni el origen del dinero ni el pago de honorarios con dinero de procedencia ilícita (ojo a esto). Si la Fiscalía argumentara que Saab utilizó los servicios legales para ocultar delitos o evadir sanciones el privilegio podría romperse. Esta excepción —conocida en el derecho anglosajón como crime-fraud exception— se invoca con frecuencia en casos de lavado de activos, violaciones a las sanciones OFAC y crimen organizado. Es decir, exactamente el escenario colombo-venezolano. La amistad con Saab puede salirle muy cara al tigre y pintarle una raya en el lomo.
Trump necesita ganar en noviembre
Trump necesita llegar fortalecido a las elecciones legislativas de medio término de noviembre, en las que se renovará parcialmente el Congreso. En esa cita se juega su futuro político: hay fuerzas que quieren destituirlo. Por ello requiere mostrar resultados judiciales contundentes, que refuercen su narrativa de “mano dura” frente a enemigos externos. Ha construido buena parte de su capital político sobre la convicción de que Estados Unidos está amenazado por actores extranjeros, que solo él tiene la voluntad de enfrentar, y que los demócratas son “débiles”. Mostrar avances en Venezuela le permite compensar el desgaste interno derivado de su guerra con Irán. No hay duda de que intentará sacarle a Saab todo el jugo posible.
El hombre de Maduro ha sido abandonado por Caracas: fue entregado bajo su condición de colombiano, pues la Constitución venezolana prohíbe la extradición de sus ciudadanos. Delcy Rodríguez le desconoció la nacionalidad venezolana. Y Diosdado Cabello afirma que su cédula venezolana era falsa. Otro indicio de cómo funcionan hoy las cosas en Venezuela.
Este nuevo episodio del culebrón tiene actores venezolanos y colombianos, pero el libreto se escribe en Washington, en función de los intereses hemisféricos de Trump y de sus necesidades electorales. De la Espriella en los labios de Saab puede convertirse en una ficha extremadamente vulnerable frente a Washington, aunque es posible que ni siquiera haga falta que Trump juegue fuerte: la mansedumbre del tigre frente al águila americana es sobradamente conocida. Su aspiración es evidente: ser de la camada de Bukele y Milei. ¿Le conviene esto a Colombia? La pregunta es una ofensa a la dignidad nacional, pero vale formularla, porque hay quienes no saben qué es eso ni les importa. Anhelan ser el “Estado 51” que Trump quisiera hacer de Venezuela.




