Carlos Navarro
Historiador y economista
Para las 11:00 am del lunes doce de octubre de 1936 estaba programado en la Universidad de Salamanca el evento para dar inicio al año académico y conmemorar “el día de la raza”. La mesa principal la presidiría su rector y representante del general Franco, la esposa del caudillo y expositores seleccionados por su cercanía al militar, pero no estaba previsto que hablara el rector, Don Miguel de Unamuno y Jugo, muy respetado filosofo sensei de su generación, por cuanto no le gustaba esa fiesta ni la situación del país.
La España de 1936 ya sin colonias, estaba golpeada por la derrota en la guerra en 1898, el profundo desprestigio de la monarquía en fuga y la muy difícil situación socioeconómica que la flamante República de Trabajadores de Toda Clase, proclamada cinco años atrás, no parecía poder solucionar. Además, tenía como telón de fondo los coletazos del estado de preguerra mundial y los preparativos de los que serían sus protagonistas.
El nuevo gobierno republicano atrajo la atención y simpatías de muchos intelectuales como Unamuno, pero la realidad pronto desveló que la situación de violencia continuaría: en mayo de 1931, unos días después de la proclamación, se presentaron episodios de violencia tolerados por el nuevo gobierno: Asesinatos indiscriminados, robos y anticlericalismo con asaltos a conventos, asesinatos de religiosos, violaciones.
Los jesuitas fueron afectados en mayor grado que otros religiosos, dada su visibilidad, influencia y por supuesto, el dichoso cuarto voto. Por ejemplo, en Madrid fue incendiada la casa principal de la Gran Vía y el colegio de Areneros, lo que también sucedió en otras ciudades. El siguiente paso fue la orden de expulsión de España en enero de 1932, ordenada por el gobierno republicano y con base en la nueva constitución.
En julio de 1936 inició la guerra civil con el alzamiento de los militares africanistas, siendo Salamanca la ciudad elegida por Franco para su comando y residencia. Inicialmente, el alzamiento militar fue visto con simpatía por quienes como Unamuno pensaban que era necesario para poner fin a las barbaridades que estaban sucediendo, por lo que aportaron ideas y dinero a la causa, en su caso, cinco mil pesetas. Pero en ese octubre, menos de tres meses después del inicio de la guerra y ya habiendo sido asesinado Federico García Lorca, era claro que el imperio de la muerte no cesaría en La República.
En ese ambiente, el evento de Salamanca arrancó con discursos encendidos contra La República y a favor de los alzados, incluyendo insultos a los vascos y a los catalanes y Unamuno y el obispo lo eran. En ese momento, el estomagante José Millán Astray, fundador de la Legión Extranjera, general condecorado, inválido de guerra y jefe de propaganda de Franco, gritó el lema de los legionarios, ¡Viva la Muerte!, coreado por sus aúlicos haciendo el saludo fascista.
En ese momento, Unamuno no pudo contenerse y expresó que “a veces, quedarse callado equivale a mentir. Porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia”. Le replicó a Millán Astray señalando “su necrófilo e insensato grito de Viva la Muerte… y he de deciros que esta ridícula paradoja me parece repelente”, y comparándolo con Cervantes, “otro mutilado de guerra”, para que lo entendiera, que “un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor.”
Habló del doctor Rizal, el héroe filipino de su independencia, fusilado por España, por supuesto enemigo de los militares españoles, para llamar la atención sobre los errores del pasado colonial español y la violencia, lo que molestó aún más a Millán Astray. En ese momento volvió a gritar otra consigna de la legión: “¡muera la inteligencia!” y una vez más, ¡Viva la muerte! Otro de los asistentes lo apoyó gritando “abajo los falsos intelectuales”.
Unamuno concluyó su corto y contundente discurso diciendo la mítica expresión que todavía hoy, noventa años después, causa admiración, retumba e invita a la reflexión: “Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir. Y para persuadir necesitareis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho.”
Parece que pensaron en ultrajar a Unamuno, pero doña Carmen Polo de Franco le dio el brazo al rector y salieron juntos, literalmente por la puerta de atrás del paraninfo, lo que probablemente lo salvó de vejámenes y aún la muerte, porque nadie se atrevió a actuar contra la persona protegida por la esposa del caudillo. Dos días después el pleno de la universidad pidió su remoción, la alcaldía lo destituyó de concejal y le retiró la distinción de alcalde honorario por el delito de “Incompatibilidad moral corporativa, vanidad delirante y antipatriótica actuación ciudadana”.
En una especie de auto presidio, se encerró en su casa. Dejó escrita su posición sobre la guerra: “la barbarie es unánime. Es el régimen de terror por las dos partes. Aúllan y piden sangre hunos y hotros” (así, con esa h se refería a los dos bandos). Murió el 31 de diciembre de 1936 a sus 72 años y aún muerto, su legado y ejemplo intentaron ser tomado por cada uno de los enemigos, lo cual no era tan difícil como parecía: rector nombrado por la república, destituido por ésta y luego lo mismo, pero por los fascistas en guerra.
Pero… el discurso no fue grabado ni transcrito, de hecho, el evento intentó ser borrado. Entonces, ¿cómo trascendió? Pues, gracias a los testimonios de asistentes e investigadores y divulgado por varios, entre ellos Hugh Thomas en su profunda investigación sobre la guerra civil. [En este escrito se transcribieron las partes a lugar de Thomas]Además, los apuntes que escribió Unamuno para orientar su improvisado discurso, así lo indican. Al respecto, hay una anécdota que refleja la situación: fueron escritos en el revés de la carta que le había entregado la esposa de Atilano Coco Martin, el pastor evangélico masón amigo de Unamuno y detenido por los militares, para su intercesión ante Franco, sin éxito porque fue fusilado a fines 1936, con base en la obsesión de Franco de graduar de enemigos a quien le pareciera masón o comunista.



