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Gobernar con la pistola al cinto

Guillermo Pérez Flórez

Se equivoca el presidente De la Espriella si cree que los problemas de criminalidad y gobernanza de Santa Marta los va a resolver con una pistola en la cintura. No. Eso es algo más complejo. Tienen que ver con fenómenos de raíces antiguas. Aunque hay registros de cultivos de marihuana en la Sierra Nevada desde mediados de los años cincuenta, fue en los años setenta cuando se produjo la gran bonanza marimbera. El clima, la ubicación montañosa cerca del mar Caribe y sus espesos bosques crearon una atmósfera perfecta para cultivar una planta de excelente calidad, que llegó a producir magníficas variedades, entre ellas la ‘Cannabis Colombian Gold’, la ‘Samarian Golden’ o la famosa ‘Punto Rojo’. 

Por esas calendas, los campesinos abandonaron los cultivos tradicionales, entre ellos el café, al descubrir la rentabilidad del cannabis, que transportaban hacia las zonas costeras y pistas aéreas clandestinas en La Guajira para su exportación a Miami y Nueva York. En ese proceso fueron inapreciables dos cosas: una, los ‘Cuerpos de Paz’ estadounidenses, y otra, el secular abandono del territorio por parte del Estado. La Sierra Nevada era solo un territorio ignoto y mágico que servía de hogar a cuatro pueblos indígenas diferentes, los arhuacos, los wiwas, los koguis y los kankuamos, que lo han considerado sagrado por ser el Corazón del Mundo. 

Durante los años 60, según algunos relatos, varios miembros de los Cuerpos de Paz se enamoraron de la yerba, y vieron que podían servir de puente entre los cultivadores colombianos y los consumidores gringos. ¡Bingo! Les afloró el gen del capitalismo y sus ojos se abrieron de felicidad, por el torrente de dólares, en tal proporción que durante el gobierno de Alfonso López Michelsen (1974-78) funcionó en el Banco de la República la llamada ‘Ventanilla Siniestra’, un mecanismo de cambio de dólares que terminó facilitando el ingreso y legalización de capitales de origen ilícito, entre ellos los provenientes de la bonanza marimbera. Esa metamorfosis de la economía quedó plasmada en un paseo vallenato, bello y triste a la vez, llamado: “Yo tenía mi cafetal”, el cual cuenta y canta cómo pasó Colombia del “monocultivo al cultivo mono”, canción que se le atribuye a Álvaro Serrano, y que fue popularizada por “Los Melódicos”.   

Los patrones de la Sierra

La bonanza marimbera de los años 70, un subproducto del lúdico movimiento contracultural de rechazo a la guerra en Vietnam, trajo a Colombia no solo dólares sino violencia homicida. Dio origen al narcotráfico, con todas sus nefastas arandelas. Desde esa época la criminalidad organizada se tomó la Sierra y con ella, a Santa Marta, al Magdalena y La Guajira. Desde entonces, siempre ha habido allí un patriarca, un patrón armado que manda, que garantiza el orden, que imparte ‘justicia’. La figura del hombre que sustituye al cuerpo legítimo, como autoridad territorial ha reaparecido con distintos nombres y bajo diferentes modalidades criminales, a lo largo de las décadas. Se necesita ser ciego para no verlo.

Comenzando con Raúl Gómez, alias el ‘Gavilán Mayor’. Y luego con Santander Lopesierra, el famoso ‘Hombre Marlboro’, que exportaba marihuana desde La Guajira hacia Estados Unidos y contrabandeaba cigarrillos. Y más recientemente, con Hernando Giraldo Serna, alias ‘El Patrón’ o ‘Taladro’, tristemente célebre porque abusaba de niñas de entre diez y dieciséis años; embarazó a muchas de ellas y dejó varios hijos y nietos que han sido sus sucesores de su herencia criminal. Giraldo se enfrentó a Rodrigo Tovar Pupo, alias ‘Jorge 40’, quien expandió el poder paramilitar por Magdalena, Cesar y La Guajira. Personaje muy conocido en círculos políticos. Una disputa por el territorio desprotegido históricamente. 

Encarar la criminalidad sí, pero no así

Que De la Espriella tenga la decisión de enfrentar a estas estructuras mafiosas es de celebrar. Claro. Han sembrado el terror; despojado tierras; masacrado campesinos; violado mujeres; reclutado menores. Razones para enjuiciarlos hay miles. Una parte de esos crímenes ha quedado documentada gracias a la Justicia Especial para la paz (JEP). De hecho, recientemente, la Sala de Reconocimiento de Verdad y Responsabilidad de esta jurisdicción formuló cargos a cinco máximos responsables del Bloque Caribe de las FARC-EP por crímenes cometidos contra los Pueblos Étnicos de la Sierra Nevada de Santa Marta y algunos municipios de la Serranía del Perijá, entre 1996 y 2007. Estudiar estos procesos e investigaciones da pistas importantes sobre qué se debe hacer para garantizar gobernanza.

En la Sierra Nevada y en todo el litoral caribe hacia Riohacha y Maicao se han liado a tiros diferentes bandas por el control de economías ilícitas. Ahora las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada (ACSN), están en guerra con el Clan del Golfo, los dos son grupos herederos del viejo paramilitarismo. De la Espriella conoce de cerca esa historia. En su juventud fue fundador y presidente de la Fundación Iniciativas por la Paz (FIPAZ), organización que realizó foros en los que participaron dirigentes paramilitares en tránsito a su desmovilización, lo cual generó investigaciones judiciales, incluida una orden de la Corte Suprema para establecer sus vínculos con las autodefensas.

Presidente De la Espriella: no se equivoque. Gobernar con la pistola al cinto no infunde terror a los maleantes. Puede que mediáticamente funcione, pero es como lanzar una luz de bengala: rápidamente su efecto se diluye. Por esa vía perderá el pulso y los delincuentes terminarán riéndose. Puede abatir a algunos cabecillas, incluso desarticular temporalmente una estructura. Pero si las condiciones que permiten su reproducción permanecen intactas, otros ocuparán rápidamente su lugar. De hecho, las Autodefensas Conquistadores de la Sierra Nevada (ACSN) son herederas del Frente de Resistencia Tayrona de las AUC. Cuál es el problema de fondo: que la criminalidad se reinventa a diario, mientras que el Estado se repite a diario. Esa es la tragedia. Hasta ahora, ningún presidente de la República se había puesto un arma en la cintura, para eso tiene brazos armados legales. Usted sabe que no va a disparar esa 9 milímetros. No rebaje la majestad presidencial, no busque ser el sheriff de la Sierra. Si con eso solucionara algo, créame que yo sería el primero en aplaudirle. 

¿Saben qué va a pasar? Cuando se retiren el ejército y la policía, llevados a Santa Marta porque los necesitan en el Catatumbo, en Nariño o en Bogotá, todo volverá a la ‘normalidad’. La delincuencia seguirá mandando. Y la población volverá a quedar desprotegida y abandonada a su suerte. Los capos comenzarán a pasar cuentas de cobro a quienes hayan colaborado con el Gobierno, esa es una vieja historia. 

Lo que Santa Marta necesita se llama Estado Social de Derecho. Y eso no lo representa una Glock 19 Gen5, semiautomática. Haga inversión social. Cree institucionalidad y economías legales en el territorio, y gánese a la población, para que no salga a llorar a los Naín, cuando los den de baja, como sucedió en Riohacha. Estoy hablando de jueces; estoy hablando de créditos que liberen a los más vulnerables de la esclavitud del famoso gota a gota; estoy hablando de oportunidades de estudio y trabajo para los jóvenes excluidos; estoy hablando de empoderar a las comunidades, incluyendo a las indígenas; estoy hablando de promover la creación de empresas, el turismo nacional e internacional, y eso, no se logra con la imagen de un presidente armado. El territorio no se recupera cuando llega solo con soldados. Se hace cuando se consigue que la población tenga más confianza en sus instituciones que en quienes durante décadas han abusado y ejercido una autoridad ilegal. La fuerza pública es necesaria, pero no suficiente. 

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