Editorial
Las urnas han hablado. Y lo han hecho de forma contundente. En la noche del martes los demócratas recuperaron el control de las dos cámaras del Congreso de los Estados Unidos. En el Senado aseguran al menos 54 escaños, tres por encima de los 51 que bastaban para mandar. En la Cámara de Representantes llevan 228 curules, con 68 aún por asignar: la mayoría de 218 está superada con holgura, y las proyecciones de la prensa estadounidense apuntan a 245 o más.
No es un empate técnico ni una victoria pírrica. Es un vuelco total. Los hechos que lo sustentan son elocuentes. Siete escaños del Senado que eran republicanos pasaron a manos demócratas: Ohio, Iowa, Carolina del Sur, Maine, Carolina del Norte, Kansas y Texas, este último, un bastión republicano durante décadas, allí ganó James Talarico, un candidato de quien Trump no hizo sino burlarse.
Hay otro hecho de enorme valor simbólico. En Michigan fue elegido Abdul El-Sayed, el primer musulmán que llega al Senado de los Estados Unidos. Lo logró pese a que su antigua rival en las primarias le retiró el apoyo y respaldó a su oponente republicano. Y lo logró en un país cuyo presidente convirtió la sospecha hacia los musulmanes en recurso político. La respuesta de los votantes es toda una lección de pluralismo, contra el tribalismo practicado por Trump.
¿A qué elección se parece?
La historia ofrece pocos espejos. Solo en 1994 y en 2006 los votantes cambiaron a la vez la mayoría de ambas cámaras en unas elecciones de medio período. La de 2006 es el parecido más cercano: un presidente republicano desgastado por una guerra impopular, un Congreso que pasó a manos demócratas y unas urnas leídas como referendo sobre la Casa Blanca. Pero 2026 la supera en el Senado, en ese entonces los demócratas llegaron apenas a 51 escaños, y solo gracias a dos independientes. En la Cámara, el resultado se mueve en la escala de la ola de 2018, cuando el primer mandato de Trump perdió 41 curules, aunque aquella vez el Senado se le escapó a la oposición. Esta vez no se le escapó nada. Es la ola de 2018 en la Cámara y el barrido de 2006 en el Senado, llevado más lejos. Los demócratas pasaron por encima de los republicanos.
Un voto castigo
Es, sin eufemismos, un voto castigo al señor Trump. La prensa lo atribuye a su impopularidad histórica, y las urnas lo confirman. Es una descalificación de su lenguaje vulgar y pendenciero, impropio de una magistratura que fue respetable. Es un rechazo a su política exterior: al unilateralismo que desprecia a los aliados y a los tratados, y a la lógica de la guerra como instrumento de poder. Y es un rechazo a la persecución canalla contra los inmigrantes, una política que no resiste un examen en derechos humanos. Separar familias, deportar sin garantías y criminalizar al que llega buscando trabajo no es defender la frontera: es negar la dignidad humana, y buena parte del electorado americano lo entendió así.
La lección para Bogotá
De este resultado debe tomar atenta nota el presidente De la Espriella, y en primer lugar respecto de su política exterior. Su gobierno se montó sobre una apuesta: la cercanía con el trumpismo, como si fuera una alianza eterna. El canciller, Omar Bula, anunció que Colombia se acercaría a los Estados Unidos. Pero ese acercamiento se hizo con un partido y no con un país. Bula ha coincidido con sectores del movimiento MAGA en varias de sus tesis, y en 2020 expresó su temor a una derrota de Trump. Hoy esa derrota llegó, y llegó en el Congreso, que es quien aprueba el presupuesto, la cooperación y las certificaciones de las que depende buena parte de la relación bilateral.
Un canciller que ha hecho de la afinidad ideológica su carta de presentación es un activo tóxico cuando cambia el viento. La política exterior de un Estado no puede depender de la suerte electoral de un jefe de partido extranjero. Debe ser una política de Estado, pragmática y capaz de dialogar con quien gobierna en Washington y con quien controla sus comisiones.
Por eso el presidente debería comenzar por cambiar a su canciller. Sí. Por prudencia. Colombia necesita una diplomacia profesional, de carrera y de interlocución amplia, capaz de hablar con demócratas y republicanos, con el Capitolio y con la Casa Blanca. Insistir en lo contrario sería empecinarse en una apuesta que las urnas acaban de desmentir.
Una tendencia, no un accidente
Hay algo más. Lo ocurrido en Estados Unidos no es un hecho aislado. El 25 de octubre Lula da Silva fue reelegido en Brasil y derrotó al heredero político de Bolsonaro, después de haber ido por detrás en la primera vuelta. Ese mismo día, en Serbia, la Lista de Estudiantes derrotó con cerca del 52 % de los votos al partido de Aleksandar Vucic, que reconoció su derrota tras doce años en el poder. Dos días después, en Israel, la coalición de Netanyahu se quedó en 53 escaños, muy lejos de los 68 que sumaba antes y de los 61 que necesita para gobernar.
Los contextos son distintos, y no conviene forzar las analogías. Pero la coincidencia de fechas y de signo es difícil de ignorar. En Washington, en Brasilia, en Belgrado y en Jerusalén, los electores castigaron a liderazgos personalistas, estridentes y cada vez más impacientes con los contrapesos. Sumados, estos cuatro resultados autorizan a hablar de una tendencia global de rechazo al autoritarismo. Parece estar dándose un regreso de la cordura.
Que dure y se consolide dependerá de quienes ganaron. Pero hoy los pueblos han dado una lección. A quienes gobiernan les corresponde aprenderla a tiempo. Las urnas han hablado.



