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Jubilar a Uribe, decapitar a Petro

Guillermo Pérez Flórez

El triunfo electoral de Abelardo de la Espriella amenaza con abrir un nuevo ciclo político, no solo por tratarse de ser un hombre joven (apenas 47 años), sino principalmente porque es el primer outsider que llega a la presidencia en Colombia, y esto último le plantea retos casi inéditos. El mayor: cómo consolidar un liderazgo político y construir una estructura que le garantice gobernabilidad, toda vez que detrás suyo no existe un partido con una representación importante en el Congreso de la República. El partido que lo avaló, Salvación Nacional, solo cuenta con cuatro de los 108 escaños del Senado (3,7 %).

Lo anterior, quiérase o no, entraña un problema complejo. De la Espriella ganó la presidencia solo, sin alianzas ni coaliciones. Esa es una realidad. Pero sin alianzas no podrá gobernar. Necesitará de quienes tienen representación en el Congreso. Una situación similar a la vivida por Nayib Bukele en El Salvador. Su partido, Nuevas Ideas, no tenía representación en la Asamblea Legislativa, pues no existía en 2018. Su respaldo parlamentario fue el partido GANA, con 10 diputados de 84 en total: el 12 %. Algo semejante le sucedió a Javier Milei en Argentina. Su movimiento, La Libertad Avanza, tuvo 38 diputados de 257: el 15 %. La situación de Abelardo de la Espriella es, pues, más precaria que la de sus émulos, Bukele y Milei. 

El asunto se vuelve complejo y crítico porque, como ganó solo, cree tener derecho a gobernar solo. Sin socios más importantes que él. Sin nadie que pueda hacerle sombra. Desde los tiempos de Maquiavelo se sabe que un príncipe no debe depender de aliados más fuertes: “No hay alianza segura con un príncipe poderoso, sino aquella en que tú tengas la fuerza para no depender de él.” El aliado poderoso “te salva”, pero luego te domina. El príncipe pierde autonomía y termina siendo instrumento del otro.

Definir las prioridades

Con la anterior realidad a cuestas, como hombre pragmático, en lugar de ver un problema vio una oportunidad y definió sus prioridades. Lo primero era jubilar a Uribe, el jefe de la principal fuerza política de gobierno. Por ello quizás no le dio representación en el gabinete ministerial. Y por ello no quería que una persona suya presidiera el Senado. Esa es la razón real, aunque ahora De la Espriella quiera edulcorar el apoyo al senador del partido de la U., Alfredo Deluque, y presentarlo como un hecho casi inocente. No lo fue. Él lo sabe. Y lo peor, Uribe también. El poder crea ansiedades, y ni él ni su ministro supieron manejarlas.

El otro factor de ingobernabilidad se llama Gustavo Petro, quien no solo tiene la mayor representación en el Congreso, sino capacidad para movilizar masas y sacarlas a la calle las veces que sea preciso. De allí su otra ansiedad: cómo decapitarlo, cómo sacarlo de la escena. El premio mayor sería extraditarlo a EE. UU., como la dicho públicamente, mandarlo a hacerle compañía a Nicolás Maduro. Se conformaría con que se fuera a Bélgica y fuese la versión colombiana de Rafael Correa. Este sueño ya no parece realizable en el corto plazo.

Con estos parámetros la consigna era clara: jubilar a Uribe y decapitar a Petro, los principales protagonistas de la política colombiana en lo que va del presente siglo. La mayoría de dirigentes ha hecho política con ellos o contra ellos, pero nunca sin ellos. El Tigre sabe que, sin ellos dos, el resto sería pan comido. Con excepción del Pacto Histórico y el Centro Democrático, las demás organizaciones son casi “cadáveres”, para utilizar la expresión que el actual ministro del Interior, Armando Benedetti, usó para referirse a sí mismo.

Cambio Radical, la herencia yacente del exvicepresidente Vargas Lleras, es un barco sin patrón y sin brújula. De hecho, la designación de Rodrigo Lara Restrepo como ministro del Interior encontraba explicación en la necesidad de recoger esa herencia, toda vez que este se crio ahí, y que es también el partido de la Casa Char, su socio más cercano. Algo semejante sucede con el Partido de la U, creado para la reelección de Uribe y la elección de Santos, pero carente de un relato político, de doctrina y de liderazgo. Es más un sindicato de baronías electorales. Darle la presidencia del Senado a su amigo el guajiro Deluque, le habría facilitado poner a su servicio sus 8 senadores y tomárselo. De la Espriella quiere costeñizar a estos dos partidos. Cambiarles el centro de gravedad, que ha sido Bogotá, y ponerlos a gravitar en torno a Barranquilla, a la que quiere convertir en capital alterna de Colombia. 

Con los partidos liberal y conservador, las dos colectividades históricas que perviven en parte por la fuerza de la tradición, sucede algo sui géneris. El Liberalismo tiene un jefe, pero son pocos los que lo acatan. César Gaviria hace rato dejó de ser un líder; aun así, se mantiene atornillado en la jefatura del partido; ni Petro lo pudo sacar. Y el Conservatismo es un partido rémora que se acomoda a los gobiernos de turno. Hace 20 años deambula por los pasillos del poder recogiendo las lentejas que le permiten sobrevivir.

El problema es que el Tigre y su ministro Lara calcularon mal y se apresuraron. Es cuestión de tiempos y movimientos, y el tiro les salió por la culata. Nunca imaginaron que Petro y Uribe pudieran coordinarse y actuar en una especie de movimiento de autodefensa. El enemigo de mi enemigo es mi amigo. ¡Qué ironía!

Huesos duros de roer

Uribe es un guerrero que no elude el combate. Lo ha demostrado a lo largo de su vida pública. Tengo viva la imagen de él en Cartagena, con un megáfono a pleno rayo de sol, recostado sobre las murallas de piedra, oponiéndose al proceso de paz el mismo día en que Santos firmaba el acuerdo con las Farc, rodeado de la parafernalia internacional, con el secretario general de la ONU a la cabeza. Uribe no se amilanó, le aceptó a Santos el desafío del plebiscito por la paz y lo ganó. Y no solo ganó esa elección, sino que ganó la siguiente y puso al sucesor.

Uribe sabe que el Tigre quiere jubilarlo y quedarse con su partido, y por eso dijo que lo defendería como las abejas —no precisó que africanas, pero se intuye—. Y de Petro, ni hablar. Innumerables veces lo han tenido contra las cuerdas, a punto de tumbarlo, y él se sostiene y sigue peleando. Los dos son huesos duros de roer.

Jubilar a Uribe y decapitar a Petro va a ser una tarea más ardua y compleja de lo que las ansiedades del poder prometen. De momento, los dos bien podrían decirle a De la Espriella, parafraseando a Don Juan Tenorio: “Los muertos que vos matáis gozan de cabal salud”. 

De la Espriella se ve a sí mismo como el Rafael Núñez del siglo XXI. Haría bien en recordar que este fue presidente cuatro veces. Para eso tendrá que cambiar la Constitución. Y para fortalecer su nuevo partido Defensores de la patria, tendrá que hacer una reforma política. Cómo hacerlo sin Uribe, es la pregunta del millón.

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