Víctor Alarcón Zambrano
A menos de 30 días para el comienzo del Mundial de Fútbol, el café aromático, espeso y sabroso que se esperaba brindar se está convirtiendo en una simple agua de panela. Las grandes expectativas económicas derivadas del turismo parecen quedarse solo en eso: expectativas, porque la realidad es otra.
Son varios los factores externos que impactan negativamente el éxito esperado de una competencia que, por primera vez, se juega en territorio de tres países. El alto costo de los pasajes aéreos —incrementados no solo por el evento sino también por la temporada alta de verano—, sumado a los precios de hoteles, renta de vehículos, alimentación y boletas, resulta insostenible para aficionados de clase media en todo el mundo.
A esto se suma el temor por las anunciadas redadas del servicio de inmigración estadounidense alrededor de los estadios y el estricto cumplimiento de las leyes migratorias en distintos países. Todo ello configura un panorama complicado para quienes desean asistir y acompañar a sus selecciones.
Pagar 415 dólares por una noche de hotel —cuando el promedio normal ronda los 150—; 110 dólares diarios por alquilar un automóvil —frente a los 45 habituales—; o 15 dólares por un almuerzo con hamburguesa, papas y bebida —que normalmente costaría seis—, son apenas algunos ejemplos de lo que le espera al visitante.
Incluso el coletazo de la crisis con Irán golpea el bolsillo. Un galón de gasolina que costaba 2,45 dólares ahora vale 5,25.
En Miami, donde se jugarán 11 partidos del campeonato, los hoteles registran un bajo número de reservas. Los aficionados no están separando habitaciones sino únicamente para el día del partido. Las mayores reservas corresponden a los encuentros entre Brasil y Escocia (31 %) y Portugal y Colombia (29 %).
Hasta los europeos —tradicional mayoría en cada Mundial— ahora dudan en viajar. “Mi intención era ir”, declaró Michael Rendall, de 61 años y residente en Edimburgo. “Antes del sorteo decidimos que viajaríamos si a nuestro equipo le tocaba jugar en Canadá o México. Ir a Estados Unidos está descartado”.
Resulta increíble que una entrada para un partido de fútbol pueda costar entre 1.000 y 8.000 dólares. La misma FIFA ha advertido sobre el enorme negocio de la reventa.
FIFA
Gianni Infantino, presidente de la FIFA, denunció que para la final del campeonato en el MetLife Stadium, en Rutherford, Nueva Jersey, se están ofreciendo boletas en línea por 32.970 dólares —más de 123 millones de pesos colombianos—.
Por Dios. ¡Eso vale una casa en nuestro país!
El propio Donald Trump dijo que jamás compraría una boleta a ese precio.
En Los Ángeles, para el juego inaugural entre Estados Unidos —puesto 14 del ranking mundial— y Paraguay —puesto 40—, se ofrecen entradas por un promedio de 2.500 dólares. “Esto es sencillamente un absurdo”, afirmó Trump.
Hasta los propios estadounidenses, acostumbrados a pagar precios exorbitantes por eventos deportivos, han comenzado a protestar.
Los Colorado Rockies, por ejemplo, aunque pertenecen al béisbol profesional y tuvieron una mala temporada pasada, siguen llenando su estadio con boletos costosos. Lo mismo ocurre con otros grandes espectáculos deportivos del país.
En la final del campeonato nacional universitario de fútbol americano, las entradas más baratas se vendían por 3.910 dólares, mientras que el precio promedio alcanzó los 5.740: la cifra más alta registrada en la historia.
Y el día anterior al Super Bowl —el mayor espectáculo deportivo de Estados Unidos—, las entradas comenzaban en 10.000 dólares.
Entonces no se entiende cómo una entrada para la Copa Mundial de Fútbol —un deporte que todavía no ocupa el primer lugar en preferencia dentro del país— pueda alcanzar cifras tan desorbitadas.
La pregunta es inevitable: ¿está usted dispuesto a pagar enormes sumas de dinero para asistir a eventos deportivos semanales o a los torneos de más alto perfil, en medio de una economía marcada por la inflación y la incertidumbre?
Seguramente muchos responderán afirmativamente, así la casa quede empeñada y no haya pan en la mesa.
De lo que sí estamos seguros es de que la mayoría verá el torneo por televisión, cómodamente sentada en el sofá de su casa, rodeada de amigos y con un buen café al lado, sin gastar una fortuna ni pasar por los controles migratorios de tres países.




