Carlos E. Lagos Campos
Una prolongación y propuesta
Este artículo se escribe como prolongación y propuesta —no dialéctica, sino propositiva— a las reflexiones recientes de Juan Carlos Botero en El Espectador (“El triunfo de la indecencia”, 15 de agosto de 2025) y Vladdo en El Tiempo (“El triunfo de la indecencia (2)”, 19 de agosto de 2025). Sus textos, que ponen en el centro la urgencia de rescatar la decencia en la vida pública, me llevan a profundizar en una idea inevitable: en Colombia, la decencia no puede ser solo ornamento ni una consigna, debe constituirse en resistencia frente a la degradación institucional y ciudadana.
La indecencia como costumbre
La historia política de nuestro país demuestra que la indecencia no es una anomalía, sino la regla. Gobiernos, partidos y liderazgos se han sostenido más en favores, trampas y silencios cómplices que en la coherencia ética. En ese escenario, insistir en la decencia no es ingenuidad: es un acto de resistencia que incomoda porque rompe con la lógica del “todo vale” que ha dominado el panorama político nacional.
Más que retórica, una práctica
El verdadero “triunfo de la decencia” no puede medirse en la retórica de un presidente ni en la popularidad de un movimiento. No basta con proclamarla desde el atril mientras se practica el clientelismo o se justifica la mentira como método de gobierno. La decencia solo puede triunfar cuando se ejerce como una práctica colectiva: cuando el Estado la adopta como una norma irrenunciable y la ciudadanía la sostiene como un deber inaplazable. Esa es la auténtica unidad subjetiva: un compromiso compartido entre las instituciones y los ciudadanos.
El riesgo de la palabra vacía
El riesgo más grave que podemos enfrentar es el uso manipulador de la palabra. Hoy, en el escenario político colombiano, vemos cómo la palabra decencia se repite hasta el cansancio, pero como una máscara para legitimar lo contrario. Quien gobierna se presenta como decente mientras tolera la mentira, se blinda en el sectarismo y normaliza la improvisación como política pública. Esa falsa decencia resulta más corrosiva que la indecencia abierta, porque engaña, confunde y erosiona la confianza ciudadana.
La decencia como resistencia
El triunfo de la “ɐᴉɔuǝɔǝp” obliga a denunciar esta paradoja sin rodeos: no hay decencia cuando se protege a los aliados por encima de la ley, cuando se manipula al pueblo con discursos mesiánicos o cuando se reduce la ética a un eslogan electoral. En un país donde la indecencia se volvió costumbre, ser decente no es sumisión: es un acto de resistencia.
Y esa resistencia, si logra convertirse en un compromiso de Estado y en un compromiso ciudadano, será la única victoria capaz de desnudar a quienes hoy hacen de la palabra decencia una simple “ɐᴉɔuǝɔǝp”: un espejo invertido de su propia indecencia.