Víctor Alarcón Zambrano
El Mundial de Fútbol ya está en marcha y, como ocurre con los grandes acontecimientos planetarios, la fiesta deportiva no ha llegado sola. A pocos días del inicio del torneo, tres problemas han comenzado a proyectar sombras sobre el espectáculo: los elevados costos para los aficionados, una demanda de entradas inferior a la prevista y las crecientes dificultades migratorias para participantes y visitantes. Nada de ello impedirá que miles de millones de personas sigan los partidos, pero sí obliga a reconocer que la organización enfrenta desafíos importantes.
La espectacular ceremonia de inauguración en el estadio Azteca de Ciudad de México, donde 80.824 espectadores disfrutaron del triunfo de la selección anfitriona, ofreció una primera muestra de una realidad que preocupa a muchos visitantes: los precios. El taco, uno de los alimentos más populares de México, vendido en puestos callejeros cercanos al estadio, alcanzó valores propios de un restaurante de lujo: tres unidades por 20 dólares. Los hoteles tampoco resultaron económicos. Una habitación en una posada popular de dos estrellas rondó los 150 dólares por noche, sin que la ocupación alcanzara los niveles inicialmente previstos.
El costo de las entradas constituye otro motivo de debate. La boleta más barata supera los 140 dólares, el precio mínimo más alto registrado por la FIFA en cualquier Copa del Mundo. Aunque Gianni Infantino, presidente de la entidad, sostiene que las tarifas son coherentes con los costos de organización y comparables a las de otros grandes espectáculos en Norteamérica, la realidad es que la propia FIFA ha debido recurrir a descuentos y promociones.
La organización confirmó que todavía existen 180.000 entradas disponibles en su plataforma de ventas y que algunos boletos se ofrecen con descuentos cercanos al 20 % respecto de su precio inicial. Además, puso a disposición de las federaciones nacionales 130.000 entradas a un valor de 60 dólares, una medida poco habitual en torneos que suelen agotar localidades con facilidad.
Los problemas de comercialización se reflejan también en la asistencia a los estadios. En el segundo partido del campeonato comenzó a evidenciarse que la meta de vender al menos el 90 % de la boletería disponible podría resultar difícil de alcanzar. El estadio de Guadalajara, con capacidad para 46.000 espectadores, registró una asistencia de 42.985 personas, dejando sectores visibles sin ocupar en las localidades de mayor valor.
Según datos de la FIFA, únicamente 29 partidos han superado hasta ahora el 90 % de ocupación, mientras que en otros 79 encuentros permanece disponible más del 60 % de la boletería. Son cifras que contrastan con la imagen de demanda desbordada que históricamente ha acompañado a los mundiales.
Las encuestas parecen confirmar que el entusiasmo no es uniforme, especialmente en Estados Unidos, uno de los principales organizadores del torneo. Un sondeo realizado por Emerson College entre el 7 y el 8 de este mes reveló que el 45 % de los estadounidenses no tiene ningún interés en la competición. Un tercio manifestó cierto interés y solo el 22 % aseguró estar muy pendiente del campeonato.
La diferencia generacional resulta particularmente llamativa. Más del 70 % de los jóvenes entre 18 y 29 años afirmaron estar muy o algo interesados en el Mundial, mientras que apenas el 19 % manifestó desinterés. Entre los mayores de 60 años ocurre exactamente lo contrario: el 58 % declaró no tener ningún interés en el torneo y solo el 11 % aseguró seguirlo con entusiasmo.
También aparecen diferencias según el origen étnico. El 63 % de los afroamericanos y seis de cada diez hispanos manifestaron interés por la competición, frente a apenas el 35 % de los encuestados blancos.
Las anécdotas recogidas por la prensa británica ilustran esta situación. Aficionados escoceses entrevistados por BBC News Scotland relataron que muchos estadounidenses con los que conversaron desconocían incluso que la Copa del Mundo ya había comenzado. Uno de ellos contó que, vistiendo la camiseta de Escocia, una mujer le preguntó qué lo había llevado a Estados Unidos, sin percatarse de que el torneo se estaba disputando en ese momento.
Sin embargo, el problema más delicado podría estar fuera de los estadios. Las estrictas políticas migratorias estadounidenses han provocado incidentes que han generado preocupación dentro y fuera del mundo deportivo.
El caso más conocido es el del árbitro somalí Omar Artan, considerado por muchos como uno de los mejores jueces africanos. Artan fue retenido durante once horas en el aeropuerto de Miami y posteriormente devuelto a Somalia sin una explicación pública clara. Allí fue recibido como un héroe nacional, mientras Canadá le ofreció facilidades para ejercer las funciones arbitrales para las cuales había sido designado por la FIFA.
«Les prometo, si Dios quiere, que asistiré al próximo Mundial», declaró Artan ante una multitud que lo vitoreaba a su regreso. «Quiero que el público somalí encuentre consuelo en esto y mantenga la confianza. Nuestro camino no termina aquí».
No ha sido el único incidente reportado. La selección de Senegal fue sometida a controles exhaustivos con perros policía y registros corporales inmediatamente después de aterrizar. Los jugadores debieron quitarse los zapatos y permanecer durante un tiempo en la pista aérea. El equipo de Uzbekistán, rival de Colombia en la fase de grupos, fue objeto de una minuciosa revisión de equipajes en Nueva York. Por su parte, el delantero iraquí Aymen Hussein permaneció retenido durante aproximadamente siete horas antes de recibir autorización para ingresar al país.
Ninguno de estos episodios parece tener la capacidad de alterar el desarrollo deportivo del campeonato. Sin embargo, sí evidencian que la organización del Mundial enfrenta desafíos que van mucho más allá del fútbol.
A pesar de todo, la Copa del Mundo sigue siendo el mayor espectáculo deportivo del planeta junto con los Juegos Olímpicos. La FIFA estima que cerca de 6.000 millones de personas verán al menos parte del torneo. Una cifra colosal que demuestra que, incluso con entradas costosas, estadios parcialmente vacíos y controversias migratorias, el fútbol conserva una capacidad de convocatoria que ningún otro deporte ha logrado igualar.
La esperanza es que, cuando el balón empiece a rodar con mayor intensidad y aparezcan las emociones propias de la competencia, los goles terminen ocupando los titulares que hoy comparten espacio con los problemas de organización.



