Guillermo Pérez Flórez
“Yo no voy a discutir con los comunistas si el alma es mortal o inmortal. Pero me puedo poner de acuerdo en que el hambre es mortal.”
La frase está llena de idealismo, de amor al prójimo y, al mismo tiempo, de un pragmatismo funcional a ese amor. Muestra cómo entendía Camilo Torres Restrepo el ‘amor eficaz’, sin dejarse atrapar por dilemas teológicos para centrarse en lo importante y tangible. Su ética política se cimentaba en “insistir siempre en lo que une y prescindir siempre de lo que divide”. Amar es comprometerse con la vida de los pobres, y la revolución su manera de hacerlo realidad. El ‘amor eficaz’ es un llamado a transformar la compasión en acción, a convertir la solidaridad en estructuras sociales nuevas. La revolución no es odio: es la forma más concreta de amar, un amor que se organiza, que se arriesga para que ningún ser humano muera de hambre, mientras otros discuten acerca del cielo y de la trascendencia.
Al cumplirse sesenta años de su muerte, y el posible hallazgo de sus restos, surge la necesidad de una reflexión serena sobre el significado de la lucha ‘revolucionaria’ en Colombia. Un período nacido durante la Guerra Fría, que en el país no ha podido cerrarse pese a que en el mundo terminó hace treinta y siete años. Miro hacia atrás y recuerdo mis años de bachillerato, cuando, con la guitarra en mano, entonábamos las canciones de Piero, de Ana y Jaime, de Pablus Gallinazo y otros más. Aún resonaban los ecos del mayo del 68 en Francia, al igual que los del mítico festival de música de Woodstock, en Nueva York. Era el rechazo generalizado a la guerra en Vietnam y a los golpes de Estado promovidos por la CIA en América Latina. En todo ese contexto estaban siempre presentes, en el mundo universitario, la imagen del Che Guevara y la del padre Camilo Torres, caído en su primer y único combate contra el Ejército el 15 de febrero de 1966, en Patio Cemento, San Vicente de Chucurí (Santander).
Camilo vivió condicionado por su formación como sociólogo y por la ética cristiana que profesaba. Terminó uniendo cristianismo y marxismo. La sociología le proporcionó las herramientas para analizar la realidad de Colombia y concluir que la caridad tradicional era insuficiente frente a la magnitud de los problemas sociales. Identificó que nuestra sociedad estaba dominada por una minoría —la oligarquía— que concentraba el poder económico, político, militar y cultural. Creía que era un “absurdo sociológico” esperar que dicha minoría tomara decisiones en contra de sus propios intereses para favorecer a las mayorías excluidas. Concluyó que el cambio de poder de la minoría a la mayoría era una necesidad para el desarrollo y un imperativo cristiano. Desmitificó el lenguaje político y religioso de su época, convencido de que solo una transformación estructural de la sociedad permitiría realizar el mandato cristiano del amor al prójimo de manera plena y técnica.
Su ingreso al ELN
En enero de 1965, Camilo inició contactos epistolares y luego presenciales con la comandancia del ELN. Tras renunciar al sacerdocio en junio de ese mismo año, visitó un campamento guerrillero en Santander y acordó que permanecería en el activismo político con el Frente Unido, hasta que fuera requerido para incorporarse a filas guerrilleras, lo que hizo el 18 de octubre de 1965. Una vez en el monte, recibió instrucción militar por parte de Nicolás Rodríguez, alias “Gabino”, pero fue con Fabio Vásquez Castaño, líder político y jefe militar del ELN en ese momento, con quien coordinó su transición de la vida pública a la insurgencia armada. Su gran equivocación.
Era un líder que movía masas. Su relevancia alcanzó proporciones nacionales y continentales gracias a su carisma y a su mensaje de transformación social. Durante el segundo semestre de 1965 llenó las plazas públicas en un vertiginoso ascenso político. Recorrió el país atrayendo multitudes, logrando el favor de una parte importante de la opinión pública. El Frente Unido del Pueblo, logró congregar a miles de estudiantes, obreros, campesinos y personas de diversas tendencias, incluso a sectores de la política tradicional. Se convirtió en la voz de los “hombres sin voz” y de aquellos movimientos bloqueados por la ‘gran prensa’.
Desde su labor en la Universidad Nacional, donde fue proclamado rector por los estudiantes en un acto de fervor popular en 1962, su figura no dejó de crecer. Se perfilaba como el candidato alternativo al Frente Nacional, el pacto bipartidista para poner fin a la violencia liberal-conservadora. Una voz que incomodó a las jerarquías eclesiásticas y a las elites económicas. Tras su muerte, su imagen adquirió proporciones míticas, convirtiéndose en un símbolo de la lucha armada latinoamericana junto al Che Guevara.
La hora del balance
El sexagésimo aniversario de su muerte invita a preguntarse cuál es el saldo de esa época, y qué tanto ha honrado su legado el ELN. La sotana negra que un día llevó esperanza a los más necesitados, hoy es solo un recuerdo secuestrado por una organización que se ha metamorfoseado de tal forma que es irreconocible. ¿Cuántos universitarios, sindicalistas y campesinos se han inmolado envueltos en las banderas de ese grupo armado? ¿Cuántos soldados y policías han caído en combates y emboscadas? ¿Y para qué? Como bien lo afirma el profesor Carlos Medina Gallego, una de las personas que más ha estudiado al ELN, en la actualidad son estructuras articuladas al narcotráfico y a la minería ilegal, con “un proyecto político precario y unas militancias analfabetas, sin ninguna formación política, a las que solo les queda la ruta de la degradación”. Muchos de esos jóvenes campesinos, dice Medina, carecen de opciones dignas de vida; hacerse a un arma y a un uniforme le da sentido a su existencia, pero se han tornado en bandas criminales que acumulan riqueza para manos particulares.
La utilización de esas vidas, que hace la comandancia, es canalla. Les venden “la guerra de resistencia”, aprobada por el VI Congreso, como un proyecto de vida heroico, cuando en realidad son solo negocios criminales. Por eso se han volcado hacia Venezuela, con el delirante pretexto de ser la cabeza de un proyecto de defensa armada del ideal bolivariano. No hay tal. Como lo dije —perdonen que me cite— en el artículo ¿Qué hacer con el ELN? (23 de diciembre, 2025), publicado en este mismo periódico, su presencia allí obedece a la riqueza del Arco Minero del Orinoco (AMO), objeto de disputa entre diversos actores armados que se lucran de la minería ilegal de oro, coltán y diamantes. Esa es la triste y dura realidad. La Mula Revolucionaria de Gallinazo sigue bajando del monte, pero ya no con esperanzas y sueños, sino cargada de droga o de oro ilegalmente explotado.
La memoria de Camilo Torres no debería ser utilizada como portaestandarte de una confrontación inútil, que quizás el ELN quiera convertir en la ‘Guerra de los Cien años’, en la que ya las mayorías nacionales no creen. Su legado serviría para promover, no el odio, sino el amor y la solidaridad con los sectores más vulnerables de nuestra sociedad, que sigue siendo, una de las más injustas y desiguales del planeta. Eso daría paz a su alma.




