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“Los segundos de abordo”

Alfonso Gómez Méndez

En ocho días, en el Gimnasio Moderno, se hará la presentación de la segunda edición del libro del periodista e historiador Oscar Alarcón Núñez “Los segundos de a bordo”.

El autor hace un recorrido sobre cómo se ha regulado en las distintas constituciones la figura del reemplazo del presidente en sus faltas absolutas o temporales. Tiene ahora gran actualidad no solo porque en esta segunda edición se ocupa de los vicepresidentes elegidos con el sistema de la Constitución del 91, sino porque la forma cómo se están escogiendo los “segundos de a bordo” en esta campaña revive el debate sobre la conveniencia misma de la vicepresidencia.

El libro, más allá del rigor jurídico e histórico, tiene muchas anécdotas o “historietas” sobre nuestro devenir político. En el curso de su historia el país ha tenido principalmente dos figuras: el vicepresidente y el designado.

En el siglo XIX se dieron las dos, prevaleciendo la de la vicepresidencia. Fueron conocidas las discrepancias entre Bolívar y Santander, presidente y vicepresidente, originadas por el esquivo amor de las Ibáñez. Rafael Núñez el regenerador, cuatro veces presidente, de arrolladora personalidad que le permitió ser católico, bígamo y de varios amoríos, usó la vicepresidencia para gobernar siempre por interpuesta persona, mientras él permanecía meditando en “El Cabrero”.

El 31 de julio de 1900, el vicepresidente Marroquín, con ayuda de un sector del conservatismo, le dio golpe de Estado al anciano San Clemente. Desde entonces subyace la idea de que el vicepresidente puede conspirar y se exige absurdamente que aun el ministro delegatario sea del mismo partido del presidente.

Comenzando el siglo XX, el dictador Reyes que había sido elegido popularmente, valiéndose de una constituyente de bolsillo, se hizo prorrogar el periodo y suprimió la vicepresidencia.

Durante el resto del siglo XX la figura fue la del designado, un funcionario elegido cada dos años por el Congreso que no tenía sueldo, casa vicepresidencial ni parafernalia. Su única función era reemplazar al presidente si renunciaba, pedía licencia o se enfermaba. Varios designados ejercieron la presidencia en función de tales, por periodos más o menos prolongados: Carlos Holguín cuando Marco Fidel Suárez fue obligado a renunciar; Darío Echandía durante ocho meses por licencia de López, habiendo llevado en 1943 todo el gabinete a despachar desde Chaparral; Alberto Lleras, que por renuncia cumplió el último año de López Pumarejo y Urdaneta por más de un año por enfermedad de Laureano Gómez.

Ese sistema funcionó sin mayores tropiezos por 84 años.

Curiosamente en el 91, como lo relata con lujo de detalles el autor, se aprobó volver a la figura de la vicepresidencia con la inteligente oposición de Humberto de la Calle quien fuera luego el primer vicepresidente en la nueva era con Samper. Antes el designado no tenía ninguna función. Ahora, copiando mal el sistema americano donde el vicepresidente tiene funciones constitucionales, se estableció que el presidente podría asignarle funciones, entre otras, las de ministro o embajador.

En términos generales no ha sido fácil la relación entre presidente y vicepresidente. De la Calle que había llegado a serlo con Samper con quien compitió por una precandidatura en la que tuvo el apoyo del joven Roy Barreras en el Valle, después de permanecer corto tiempo en la embajada, renunció al cargo diplomático y a la vicepresidencia en medio de una confrontación abierta con quien había sido su compañero de fórmula. Pastrana no tuvo dificultad alguna con Bell, hombre reposado a quien nombró ministro de Defensa. Uribe no tuvo mayores problemas con “pachito Santos”. Juan Manuel Santos terminó en malquerencias con su primer vicepresidente Angelino Garzón, quien no le aceptó la embajada en el Brasil alegando que el clima no era conveniente para su perro “Orion”. Más tranquila fue la relación con Germán Vargas y el general Naranjo.

La recia personalidad y la trayectoria de Martha Lucia Ramírez, la llevaron a soterradas diferencias con Duque. Son más conocidas las dificultades entre el presidente Petro y su fórmula Francia Márquez, quien fue decisiva para su elección.

El problema es de fondo pues no siempre el aliado para ganar una elección lo es para gobernar. Y a veces se arma la de Troya. La entrevista de la buena fórmula Valencia-Oviedo en la revista Cambio, avizora eventuales problemas en el ejercicio del gobierno.

Tal vez es hora de volver al designado que lo elegiría libremente el Congreso cada dos años y serviría para atenuar el asfixiante presidencialismo de hoy.

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