Alfonso Gómez Méndez
¿El que escruta elige?
El pasado 15 de febrero se cumplieron 60 años de la absurda muerte en combate del sacerdote Camilo Torres Restrepo. Aunque para ese momento Torres era un miembro recién ingresado al ELN, a los jóvenes de hoy solo les ha llegado la imagen del “cura guerrillero”.
La discusión de ahora se ha centrado en si los restos que reposan en la Universidad Nacional corresponden o no a los de Camilo Torres.
Mejor aprovechar este aniversario para que los colombianos conozcan las luces y sombras en la vida de un hombre nacido en lo que se llamaba la “aristocracia bogotana”, hijo del médico Calixto Torres Umaña y de Isabelita Restrepo quien, contrariando las comodidades que le daba su clase social, asumió inicialmente desde el sacerdocio y luego desde el equivocado camino de la lucha armada, la defensa de las causas populares.
No puede comprenderse su vida sin aproximarse a la década del sesenta en Latinoamérica y en nuestro país. El triunfo de la revolución cubana en 1959 -con los resultados desastrosos que ahora vemos- hizo soñar a muchos jóvenes ilusos con el mito de la lucha armada para imponer la justicia social.
En Colombia, el Frente Nacional, un acuerdo entre los partidos tradicionales para conseguir la paz, había establecido instituciones claramente antidemocráticas. Además, había sellado -con el mismo pretexto de la paz- un pacto de impunidad política y social. Con excepción de Venezuela y Colombia, en el resto de la región se instauraban dictaduras militares apoyadas por los EEUU. En el país existía una gran agitación social. El movimiento obrero era fuerte y no se prestaba como ahora para componendas políticas y clientelistas.
En 1965, no solo hubo una gran movilización de maestros sino el rumor de que el ministro de Defensa, Alberto Ruiz Novoa, le daría un golpe de Estado al presidente Guillermo León Valencia. El movimiento estudiantil tenía su propio peso y la Federación Universitaria Nacional fue semillero de lideres como Jaime Arenas Reyes. Muchos de esos estudiantes, principalmente de la UIS y la Nacional, y hasta del Externado, terminaron torpemente en el ELN. En 1964 habían surgido las FARC y en 1965 el ELN.
Camilo Torres, se formó en Lovaina, fundó la facultad de sociología de la Universidad Nacional de la que fue capellán, así como del INCORA. Juan Manuel Santos fue su acolito y Alberto Llerás bautizó a su nieta Camila en honor a su nombre. Su rebeldía y compromiso con las clases pobres hizo que la iglesia católica del cardenal Concha Córdoba lo privara de los hábitos religiosos. Formó el Frente Unido como movimiento social al que se unieron obreros, estudiantes y campesinos.
En esa condición de sacerdote contestatario tuve la oportunidad de oírlo en Chaparral en septiembre de 1965 cuando cursaba 5º año de bachillerato. Nos convocó a unos jóvenes del colegio Murillo Toro un joven parlamentario del MRL, Leovigildo Bernal, quien era mi profesor de francés. Nos ayudaron el cura párroco y el rector del colegio. Hicimos un acto sobre las causas sociales de la violencia. Allí oímos a Jaime Arenas a quien después asesinarían los propios elenos cuando ya desmovilizado era asesor del joven ministro Luis Carlos Galán. Meses después nos enteramos de la pésima noticia de que, en enero, estúpidamente, el ELN lo había llevado al monte sin experiencia alguna y que moriría en su primer y único combate ese 15 de febrero.
Si Camilo viviera se habría convertido en símbolo de la inutilidad de la lucha armada y hubiera sufrido la profunda decepción de ver cómo del idealismo se pasó al negocio de la droga, la minería ilegal, el secuestro y la extorsión.
Predicaba la abstención con el lema tomado del siglo XIX de que “el que escruta elige”. Hoy no diría lo mismo pues, a pesar de los insensatos ataques del gobierno, tenemos una Registraduría confiable y garante de la voluntad popular. Hoy hay otros “electores” distintos a los que “escrutan”: la corrupción, cuando se usan los recursos públicos para alterar la voluntad popular; el partido de los contratistas frente a la ausencia de partidos; los grupos armados sin ninguna causa ideológica que constriñen los electores; la impunidad política y judicial que hace que personajes con procesos penales vigentes descaradamente busquen el apoyo popular; la desmemoria que permite que supuestos dirigentes avalen a diestra y siniestra candidatos sin importar si tienen prontuario o no y mucho menos de dónde sacan los ríos de dinero.




