Carlos Eduardo Lagos
Nacer un 29 de noviembre es compartir una fecha con un hombre que supo navegar el vértigo de la nación: Darío Echandía, el chaparraluno que entendió como pocos la fragilidad del Estado y la necesidad de la sensatez en tiempos de dificultades.
Coincidimos en fecha —él en 1897, yo muchas décadas después— y en territorio ancestral: Chaparral, Tolima, esa tierra que ha parido más exilios que retornos, más caminos que estaciones, más silencios que proclamas.
Y como si la memoria quisiera recordarlo todo en una sola fecha, vuelve a sonar en este día Las Acacias, de Silva y Villalba. Ese pasillo que no entra: regresa. Ese pasillo que no toca: se instala. Esa melodía que no pide permiso: se queda, como si cada nota llevara consigo el eco de todas las casas que dejamos atrás.
La casa vieja, la violencia y el éxodo interminable
Colombia está hecha de casas abandonadas. De puertas que se cerraron para siempre. De ventanas que se quedaron a medio abrir, como si fueran a esperar eternamente a quienes ya no volverían.
En San Antonio, en Chaparral, en Rioblanco, en Ataco (Tol.), en Imues, Iles, el Contadero (Nar.); miles de familias vivieron ese mismo ritual: la violencia partidista primero, la violencia guerrillera después, la violencia del Estado en algunos casos, y la violencia muda del olvido por siempre.
La canción lo dice con una claridad que solo la poesía puede permitirse:
“Gime el viento en los aleros,
desmorónanse las tapias…”
Ese viento que gime no es solo aire: es memoria desgarrada. Son las casas que tuvieron que dejar nuestras madres y abuelos cuando la guerra les arrebató incluso el derecho a despedirse de su propia tierra.
Después del Frente Nacional, la diáspora silenciosa
La firma del Frente Nacional no fue —para millones de colombianos— el final de la guerra: fue apenas el comienzo de un nuevo capítulo de migración interna masiva. Mientras las élites pactaban alternancia, los campesinos pactaban supervivencia. Las ciudades crecieron desordenadas porque eran refugio. Los barrios populares se llenaron de acentos venidos del campo. Las cocinas se convirtieron en museos de nostalgias y ahí también creció la niña del caldero.
Así comenzó la gran diáspora colombiana:
– unas familias bajaron de la cordillera hacia Chaparral;
– otras siguieron hacia Ibagué;
– otras más tomaron buses a Bogotá, Cali o Medellín con una maleta y un silencio; otras desde el sur hacia Pasto.
– miles terminaron en Venezuela, España o los Estados Unidos, durante los años de bonanza.
Todos llevaron consigo la misma herencia: una memoria rota que se negaba a convertirse en ruinas.
La resiliencia como acto político
Los que se fueron no solo migraron: se reinventaron.
Se hicieron hacedores de oficios en ciudades donde no conocían a nadie.
Se hicieron comerciantes sin capital.
Se hicieron padres sin tierra.
Se hicieron comunidad sin historia común.
La canción dice:
“Los que fueron la alegría y el calor de aquella casa se marcharon: unos muertos y otros vivos que tenían muerta el alma…”
Pero el alma no quedó muerta del todo.
En algún barrio, en algún salón de clase, en alguna fábrica, en alguna calle empinada de las grandes ciudades, una chispa volvió a encenderse. Una vecina que prestó la olla.
Un maestro que dijo “usted es capaz”.
Un nuevo amor que abrió una puerta.
Una madre que, aun desplazada y herida, siguió madrugando para preparar el café que sostiene al mundo.
La memoria que florece incluso lejos de su tierra.
La casa vieja de la canción está vacía.
Pero no está muerta.
Sigue viva en quienes llevan sus ladrillos en el corazón, aunque nunca hayan vuelto a verla.
Porque la patria verdadera no es la tierra que tuvimos que dejar, sino la memoria que decidimos sembrar en cada lugar donde llegamos.
Las acacias seguirán cabeceando.
Unas veces por el viento,
otras por el cansancio,
otras por la carga de los años.
Pero cada vez lo harán con más flores.
Con más amarillo.
Con más vida.
Porque lo que sobrevivió a la violencia no fue la casa: fuimos nosotros.
Hoy, 29 de noviembre, cumpleaños compartido
Hoy que cumplo años, y que también los cumpliría Darío Echandía, pienso que Colombia necesita recuperar esa virtud suya que la ha salvado una y otra vez: la capacidad de recomponerse mientras camina, de reconstruirse mientras llora, de florecer mientras avanza con el alma hecha trizas.
Que suene Las Acacias, entonces,
no como lamento de lo perdido,
sino como promesa de lo que aún podemos conservar: la dignidad de la memoria,
la fuerza de la migración, la resiliencia de un país que —pese a todo— sigue vivo.
Y seguiremos vivos mientras haya una acacia cabeceando en algún patio, en algún balcón, en algún corazón que jamás pisó el camino original pero que lo reconoce con solo oír el primer acorde.




