Augusto Trujillo Muñoz
Los medios de comunicación juegan un múltiple papel en la sociedad: informan, orientan, denuncian, convocan a la protesta o a la solidaridad y así cumplen funciones indispensables para el buen funcionamiento de una sociedad democrática. Cuando las contingencias de la política producen desviaciones en la gestión de los grupos de interés, de los partidos y movimientos o de los poderes públicos, los medios de comunicación solían intervenir para señalar los errores, moldear la opinión y controlar descaminos de cualquiera de los tres poderes. Por eso se les llamó el cuarto poder.
Con la llegada de la democracia de participación y, sobre todo, de las redes sociales los activistas de la comunicación se convirtieron en protagonista de la vida pública, es decir, en militantes de su propia causa. Así se desdibujó la idea de que la política es una reflexión cooperativa que necesita serenidad a la hora de las decisiones. Mientras tanto, toda esta simplificación populista que invade al mundo estimuló los fanatismos y decapitó el diálogo como instrumento clave de la política. Terminamos apelando al dogma e instrumentalizando la opinión a favor de ardores personales y en contra de los intereses colectivos.
Llegamos al extremo de que miembros de la dirigencia tradicional colombiana acuden al gobierno norteamericano en procura de su poderosa intervención contra decisiones judiciales de su país, pasando por encima de la soberanía nacional e incluso de la dignidad personal. Un indebido pronunciamiento del secretario de Estado les produjo complacencia. Es increíble: bastaba con respetar las Instituciones y ejercer los recursos legales. Pero ya no son solo dirigentes, gobernantes, candidatos, periodistas e influencers, sino ciudadanos comunes los que gritan, escriben y repiten frases cargadas de odio. Cuando el fanatismo político llega a tales extremos, hemos arribado a la antesala de la guerra.
Es preciso rebajarles puntos políticos a los provocadores, anotó Humberto de la Calle el domingo anterior en ‘El Tiempo’. Es absurdo e irrazonable que, en una genuina democracia, el presidente de la República no pueda estar presente en las exequias de un senador, por cuenta de las diferencias políticas existentes, escribió José Gregorio Hernández en el mismo diario. ¿Estamos condenados a perpetuar una conversación política que vuelve criminales a todos los opositores y críticos? se preguntó Julián de Zubiría en ‘El Espectador’. La política, señaló Guillermo Pérez Flórez en ‘El País’ de Madrid, se volvió un ring más apto para cobrar venganzas que para construir proyectos comunes. ¡Por Dios!