Octavio Cruz
Colombia ha experimentado un giro político y social inesperado, impensable hasta hace pocos años. En un país históricamente atrapado en una cultura política piramidal, coludida con una delincuencia generalizada —desde las élites de cuello blanco hasta el crimen común, pasando por el narcotráfico y el paramilitarismo— resultaba inimaginable que un proyecto ideológico opuesto a ese modelo lograra llegar al poder. Sin embargo, ocurrió: un gobierno progresista asumió con la promesa de impulsar transformaciones sociales, animado por ilusiones de justicia y equidad.
No obstante, su llegada al poder estuvo marcada desde el inicio por profundas limitaciones políticas. No logró la mayoría parlamentaria, lo que lo obligó a pactar con sectores tradicionales, muchas veces corruptos, comprometiendo así la pureza de su proyecto. A ello se sumaron infiltraciones internas de personajes que, bajo el disfraz del socialismo, en realidad respondían a intereses contrarios. La inexperiencia en el ejercicio del poder agravó estos problemas, llevando a errores procedimentales que han debilitado la gobernabilidad.
A pesar de todo esto, sería una torpeza monumental permitir que quienes durante décadas convirtieron el erario público en botín político —y enriquecieron a sus aliados internos y externos— regresen al poder para reproducir sus modelos antisociales e indecentes. Sería como premiar a los saqueadores con una nueva oportunidad de desfalco.
Hoy más que nunca es urgente reclamar cordura en medio de una sociedad desanimada y aturdida por una campaña sistemática de desinformación, promovida por medios de comunicación en manos de los mismos sectores responsables del despojo estatal. Estos actores no buscan justicia ni transparencia, sino reinstalar el viejo régimen, magnificando los errores del actual gobierno y explotando el descontento social para retomar el control.
Vivimos en un Estado debilitado, desmembrado en sus funciones, cooptado por mafias y clanes familiares enquistados en las instituciones. Aceptando que muchas de las banderas del cambio han sido manipuladas o frustradas, no se puede caer en la ingenuidad —o en la estupidez política— de creer que los mismos responsables del caos nacional sean ahora los llamados a salvarlo.
Por ello, corresponde insistir en que los cambios necesarios, aunque aún insatisfechos, son más alcanzables mediante un proyecto progresista —capaz de rectificar y aprender— que por la vía de un régimen fascista, autoritario y elitista, que propone la fuerza bruta como solución y el retorno al pasado como redención.





Carlos Lagos
julio 12, 2025 at 11:32 pmUn importante artículo que nos lleva a reflexionar sobre lo que ya hemos vivido gobiernos de partidos tradicionales y uno muy tirado a la derecha y ahora Un gobierno que se denomina progresista con algunos matices radicales, En consecuencia Para no caer en el efecto dañino del péndulo político la invitación a los lectores sería que busquemos el justo medio aristotélico, que no siempre es la mitad a veces hay que cargarse un poquito a la izquierda y a veces un poquito a la derecha dependiendo el momento y el contexto