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¿Resucitará el liberalismo?

Alfonso Gómez Méndez

Las elecciones de este domingo dejaron en claro que los antiguamente llamados partidos tradicionales, el Liberal y el Conservador, sin desaparecer, han ido extinguiéndose lentamente.

Las dos fuerzas que emergen, como lo planteé en la entrevista con María Isabel Rueda en este diario, son las del Pacto Histórico y el Centro Democrático. La razón es sencilla. Ambos movimientos, a diferencia de los seudo partidos, que solo reparten avales, tienen un inventario de posiciones claras sobre el manejo del Estado y una militancia comprometida, lo cual les da una vocación de permanencia en el tiempo.

Otro de los puntos comunes entre quienes se convirtieron en las dos principales fuerzas políticas de Colombia es que ambos se la jugaron por una lista cerrada al Congreso. Esa movida, además de organizar los esfuerzos de todos los candidatos en un fin común, logró un contraste con la apuesta de las listas abiertas, mecanismo que solo sirvió para personalizar y encarecer la política, con la obvia consecuencia de un desborde en el clientelismo y la corrupción.

El partido surgido de los acuerdos de La Habana con las Farc no se sostuvo por cuanto en estos 8 años no tuvo ni programa ni organización. Ni qué decir de otros de coyuntura como Fuerza Ciudadana, de Roy Barreras, u Oxigeno Verde, de Ingrid Betancourt. Puede ser una ocasión para enseriar la política y ponerle fin al transfuguismo y al ‘voltearepismo’.

Pero ese “languidecer” de los partidos tradicionales, que últimamente no han tenido ni candidatos propios a la presidencia, obedece a varias causas. Solo me ocupo hoy del que fuera el partido de mi militancia desde las épocas del MRL, el Liberal.

Fue un partido que, con el liderazgo de López Pumarejo y la Revolución en Marcha, dio un giro hacia la izquierda y formó una generación de ideólogos y estadistas, no de avivatos tránsfugas como vimos después.

Carlos Lleras Restrepo, en los estatutos de 1963, definió el liberalismo como una coalición de matices de izquierda por lo que a los liberales no nos asusta la izquierda democrática. El último gran liberal fue Virgilio Barco, elegido hace cuarenta años como presidente, quien hizo la paz con el M19 y, como jefe de partido, autorizó que en varias regiones del país – como en mi caso, en el Tolima– se hicieran alianzas para el Congreso con la Unión Patriótica, partido surgido de los acuerdos de paz con Betancur. Gobernó con el esquema gobierno-oposición.

En 1998, Horacio Serpa, en medio de serias dificultades derivadas del mal llamado ‘Proceso 8.000’, ganó la primera vuelta en la elección presidencial; en la segunda, lo derrotó Andrés Pastrana con la ayuda de los ‘liberales’ de la Alianza para el Cambio que fundaron Cambio Radical en el antiguo teatro de la Comedia y del simbolismo del regalo del reloj de Manuel Marulanda. Los volteados, rompieron las mayorías y eligieron al conservador Fabio Valencia en la presidencia del Senado por mermelada como ahora. Por la misma razón, hay conservadores y liberales petristas.

¿De qué nos sorprendemos?

Luego, por idénticas causas, se dio lo que significó la ‘desbandada’ con quienes pragmáticamente se fueron hacia Álvaro Uribe, el gran ‘outsider’ en la elección de 2002.

En el 2005 Ernesto Samper y Horacio Serpa ingenuamente creyeron que si le daban la dirección del partido a César Gaviria –quien había votado por Pastrana en dos elecciones– lograrían que este consiguiera la elección de Serpa en 2006. Craso error, Serpa pasó de sacar más de cinco millones en el 98, a tres millones quinientos mil aproximadamente en el 2002 y bajo la dirección de Gaviria, apenas llegó a millón quinientos mil siendo derrotado por el ex magistrado Carlos Gaviria. Pero César Gaviria desde entonces se quedó con el cascaron del partido y a través de la dictadura de los avales se ha mantenido.

A pesar de las condiciones personales de los dos candidatos que apoyó, uno en el 2010 casi lleva a la pérdida de la personería y el otro en el 2014 quedó de último. Nunca ha entendido el concepto de la responsabilidad política y a pesar de que bajo su dirección cual “piel de sapa” el partido se ha ido encogiendo, sigue ahí. Hoy de los 50 senadores del 91 vamos en 12 o 13 y eso que ha aceptado de todo: tránsfugas, procesados, herederos de parlamentarios condenados, entre otras hierbas.

¿Habrá espacio para la resurrección del liberalismo?

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