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Peleas entre amigos de verdad

Víctor Alarcón Zambrano

Me escribe una amiga y me dice que la situación con Estados Unidos está “muy grave”. Yo le respondo: “Tranquila, que en ocho días nos abrazamos de nuevo”. Y es que no puede ser de otra manera. Las dos naciones comparten una amistad histórica y estratégica de más de doscientos años. Más allá de los lazos comerciales, existe una hermandad democrática, una proximidad geográfica, y similitudes culturales, políticas, familiares y raciales. Son como dos hermanos —o una pareja— que, aunque se disgustan, no dejan de hablarse, lo que hace imposible una ruptura total. Uno grande, otro más pequeño, pero ambos con igual dignidad, deberes y derechos.

El Acuerdo de Promoción Comercial (APC), firmado en mayo de 2012 —que no es otra cosa que un tratado de libre comercio— prevé la eliminación mutua de aranceles, la coordinación de actividades aduaneras y la facilitación del comercio en sectores como telecomunicaciones, productos electrónicos, petróleo y derivados, ganadería, agricultura, productos de consumo e industriales, maquinaria agrícola, aeronaves, autopartes, vehículos, equipos médicos y científicos, café, carbón, madera, entre otros.

Así, en apenas trece años, la relación comercial se organizó y se solidificó. Hoy, muchos productos están exentos de aranceles, y el comercio bilateral es fluido y cada día más dinámico. En el plano político y diplomático, el entendimiento es mutuo: si para Estados Unidos Colombia es su principal aliado en América Latina, para Colombia Estados Unidos es un socio fundamental y, sin duda, un benefactor en varios aspectos clave del funcionamiento y desarrollo nacional.

El único problema actual es que Estados Unidos no está acostumbrado a tratar con gobiernos de izquierda. Pero dejemos la política a un lado. Concentrémonos en lo que nos afecta a todos, queramos o no: la economía. Allí veremos que a ninguno de los dos países les conviene una pelea.

Si el norte nos vende —entre otros productos— maquinaria, vehículos, derivados del petróleo, químicos, tecnología, electrónica, aeronaves, equipos médicos y más, nosotros le exportamos petróleo, café, carbón, banano, flores, oro, aguacates, carne de res, frutas, hortalizas, algodón, productos lácteos, transformadores eléctricos, manufacturas y, por supuesto, mucho, muchísimo turismo.

El 30 % de los productos que Colombia exporta al mundo tienen como destino Estados Unidos. En 2023, el comercio bilateral alcanzó los 53.500 millones de dólares. Entre enero y noviembre de 2024, Colombia exportó 19.000 millones de dólares y Estados Unidos, 17.700 millones. En últimas, el país del norte vende más de lo que compra. Pero, de todas formas, buena parte del salario del trabajador colombiano lo paga el consumidor estadounidense. O al menos, esa es la idea.

Por eso fue tan grave la amenaza del presidente Trump de aumentar los aranceles a los productos colombianos en un 25 %. Eso nos habría sacado del mercado en casi todos los rubros, ya que otros países latinoamericanos habrían ofrecido precios más bajos. Todo por un malentendido, cuando el presidente Petro se negó a aceptar que los colombianos deportados —sin antecedentes delictivos— fueran encadenados de pies y manos, en un acto de dignidad nacional.

Otro aspecto muy importante de esta relación bilateral es la “importación colombiana” del trabajo de nuestros connacionales en suelo estadounidense. Estados Unidos “exporta” a Colombia miles de millones de dólares en remesas, fruto de la contribución laboral de nuestros compatriotas a su desarrollo. En 2024, Colombia recibió 11.848 millones de dólares, dinero que sostiene a muchas familias y dinamiza el mercado interno.

Por todo esto, podemos concluir que, en una ruptura de relaciones, ambos países pierden. No importa la magnitud de sus economías: los dos perderían una parte importante de sus ingresos.

Quien escribe tuvo la oportunidad de sentarse, en tres ocasiones, a manteles en la Casa Blanca. Siempre —bajo diferentes presidentes y primeras damas— las flores colombianas adornaban el recinto, y el café colombiano era la bebida predilecta del anfitrión. Incluso, en una ocasión, se ofrecieron achiras huilenses. Por eso es impensable imaginar un supermercado o restaurante estadounidense sin café colombiano, sin azúcar, sin aguacate, sin flores, sin Pony Malta, sin avena Alpina y tantos otros productos.

La dificultad diplomática es solo eso: una dificultad. La solidez histórica de nuestra amistad siempre triunfará sobre cualquier escollo temporal.

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