Alfonso Gómez Méndez
Es prácticamente un lugar común, repetido en estos días a raíz de los actos terroristas en Amalfi y en la escuela militar de aviación en Cali con su dolorosa estela de sangre, decir que el tráfico de estupefacientes y principalmente el aumento de los cultivos ilícitos es el principal problema del país.
Mirado el fenómeno en toda su complejidad, la afirmación no parece ser totalmente válida. Muchos de los desequilibrios sociales, económicos, políticos e institucionales que han impedido asentar una democracia real y no puramente electoral, no aparecieron solamente a partir de la llamada “guerra contra las drogas” decretada por Richard Nixon. Lo que aquí denominamos el “conflicto armado” -concepto hoy claramente desnaturalizado- que ha generado tantas muertes y desangrado al país, viene de lejos, muchísimo antes de la aparición de los barones de la droga.
Las guerras intestinas del siglo XIX, que cegaron tantas vidas de jóvenes, fueron el producto de sectarismos políticos. La llamada “violencia liberal conservadora” produjo, aun cuando no haya cifras exactas, más de cien mil muertos entre la población campesina y miles de desplazados, y para su terminación fue necesario poner en remojo la democracia electoral por dieciséis años con el Frente Nacional.
Las guerrillas comunistas, de orientación marxista leninista, como las Farc y el ELN, irrumpieron a mediados de la década del sesenta, mucho tiempo antes del narcoterrorismo. Es más, inicialmente los movimientos armados subversivos descartaban los ingresos del narcotráfico como fuente de financiación. Muchos pensamos en principio que era una invención del embajador Tambs cuando en la década del ochenta acuñó la expresión “narcoguerrillas”. Pronto nos dimos cuenta de que tenía razón, pues para entonces las Farc comenzaban a beneficiarse de las ganancias de los mercaderes de la droga.
Por mucho tiempo el ELN se negó a financiarse con dineros de la droga hasta que, como lo vemos ahora en el Catatumbo, terminó haciéndolo. Aun cuando el M19 -en sus comienzos un movimiento nacionalista armado creado supuestamente para hacer respetar el triunfo del ex dictador Rojas Pinilla en 1970- rechazaba el narcotráfico, tangencialmente se involucró, pues con el secuestro de Martha Nieves Ochoa, hija de uno de los capos de la droga, dio lugar al surgimiento del MAS, uno de los gérmenes del paramilitarismo que terminó como gran aliado de los narcotraficantes con el pretexto de acabar con la guerrilla.
Y durante todo ese tiempo no desaparecían los problemas de desigualdad social, ni los vinculados a la ausencia de una verdadera reforma agraria, ni la exclusión de amplios sectores de la sociedad, ni un estado burocratizado, ineficiente y clientelista, ni el abandono del Estado, en todas sus manifestaciones, de una importante porción del territorio.
Es verdad que la irrupción del narcotráfico, cual plaga maldita, introdujo otros terribles factores de distorsión: uso adicional de la violencia para facilitar sus negocios; matar competidores o funcionarios que no se dejaran comprar; utilizar los asesinatos, dos ministros de justicia: Rodrigo Lara y Enrique Low Murtra, un candidato presidencial, Luis Carlos Galán, varios periodistas, entre ellos, Guillermo Cano, o los secuestros selectivos hasta arrodillar al Estado con sus “bombazos” para lograr que constitucionalmente se prohibiera su extradición. Pero además y como dijera García Márquez, introdujo la cultura del enriquecimiento fácil.
El tema esencial no son los cultivos ilícitos que florecen por falta de una verdadera política agraria que le de otra opción a los campesinos. No hay suficientes controles sobre precursores químicos ni sobre los lazos entre narcos, políticos y agentes del Estado. Aun cuando se han aumentado las penas, modificado los procedimientos y extraditado casi por todos los gobiernos los narcos pedidos en extradición, el fenómeno no cesa.
Luego, el problema es al revés: si resolviéramos las dificultades reales de nuestra estructura social y política, el narcotráfico no dominaría la agenda del país, ni el presidente tendría que estar hablando de la junta directiva del narcotráfico en Dubai. Puede ser que nos estemos amparando en una mal dirigida lucha contra el narcotráfico para no asumir de frente nuestra verdadera realidad y, escudándonos en ficciones.