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Mujeres que migran, mujeres que lideran

Ingrid Bibiana Cossio

Cada 8 de marzo, el Día Internacional de la Mujer nos invita no solo a recordar luchas históricas, sino también a mirar de frente las realidades de las mujeres que hoy sostienen hogares, economías y comunidades a través de la migración.

La migración colombiana tiene cada vez más rostro de mujer: madres, hijas, profesionales, cuidadoras y emprendedoras que cruzan fronteras buscando seguridad, oportunidades y una vida digna, pero también cargando sobre sus hombros el peso emocional y económico de las familias que quedan en Colombia.

La mujer migrante colombiana vive una doble e incluso triple jornada: trabaja fuera, sostiene afectivamente a su familia a distancia y muchas veces se enfrenta a la precariedad laboral, al racismo, a la xenofobia y a la violencia de género en contextos donde sus redes de apoyo son frágiles o inexistentes. Sin embargo, allí donde llega, crea comunidad: organiza redes de cuidado, apoya a otras mujeres recién llegadas, comparte información y abre caminos. Ese liderazgo silencioso y cotidiano también es político, aunque no siempre se reconoce como tal.

El liderazgo femenino en la diáspora no solo se ve en quienes ocupan cargos, sino también en quienes se atreven a alzar la voz en asociaciones de migrantes, en colectivos de trabajadoras del hogar, en grupos culturales, en organizaciones de derechos humanos y en iniciativas comunitarias. Cuando una mujer migrante toma la palabra, está rompiendo la cadena de silencios heredados y enviando un mensaje claro: “No somos víctimas pasivas, somos sujetas de derechos y propuestas”. Ese liderazgo, cuando es colectivo, transforma barrios, consulados y también la forma en que Colombia se piensa en sí misma desde fuera.

Por eso, en este 8M, hablar de mujer migrante y liderazgo femenino nos lleva directamente a la participación en los procesos democráticos. Votar desde elexterior no es un trámite más: es un acto de dignidad y de reconocimiento. 

Cada voto de una mujer migrante colombiana dice: “Aunque esté lejos, Colombia no es un país del que me fui, sino un país que llevamos dentro y que queremos transformar”.

Cuando las mujeres migrantes se inscriben, se informan, exigen mejores servicios consulares y participan en elecciones, están enviando un mensaje contundente a las instituciones: la diáspora existe, piensa, siente y decide.

La invitación es clara: que las mujeres migrantes colombianas sigan dando un paso al frente en todos los espacios de decisión, desde la asamblea de una asociación hasta la urna electoral.

Que exijan ser escuchadas en el diseño de las políticas públicas, en la definición de la política exterior y en la manera en que Colombia protege a sus nacionales fuera de sus fronteras. Y que su experiencia, marcada por la resiliencia y el cuidado, se convierta en brújula para un país que necesita más empatía, más justicia y más igualdad.

La migración con rostro de mujer, cuando se une y se organiza, se convierte en una fuerza poderosa. Cuando las mujeres migrantes se reconocen unas a otras, se articulan y construyen alianzas con otros sectores sociales, nace una voz colectiva capaz de influir en leyes, programas y presupuestos.

Este 8M, que el mensaje sea sencillo pero firme: las mujeres migrantes no solo envían remesas; envían ideas, valores, trabajo, cultura y democracia. Y tienen el derecho y la responsabilidad de decidir, de liderar y de construir, también desde el exterior, la Colombia que sueñan para ellas, para sus hijas e hijos y para las generaciones que vendrán.

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