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Por el despertar de los ratones

Octavio Cruz

Cada mañana abrimos nuestras ventanas cerebrales con la vana esperanza de que el mundo se haya corregido durante nuestra ausencia en el sueño. Pero el descanso es una tregua falsa. Mientras nos refugiamos en las inconsciencias del reposo, las oscuridades se expanden y nuestros enemigos, alimentados por nuestras preocupaciones, se vuelven más poderosos.

Al despertar no encontramos una realidad nueva ni distinta, sino una versión más ominosa que la anterior, donde nuestras debilidades se convierten en el mapa que ellos utilizan para avanzar y tropezar, sin escrúpulo alguno, con las riquezas colectivas. Esta realidad no es fruto del azar, sino el resultado de un juego mortal y global.

Bajo el manto de la diplomacia, las agrupaciones políticas y comerciales ocultan maquinaciones que se tejen en la penumbra de la manipulación económica. El sistema actúa como el gato que “se hace el pendejo”, simulando distracción para que el ratón, impulsado por la necesidad o por una falsa confianza, salga de su refugio a buscar lo que no se le ha perdido, cayendo inevitablemente en la trampa de un control que no comprende.

Quienes dirigen el planeta operan con rostros indescifrables: expertos jugadores de cartas que simulan confianza en esquemas productivos que ellos mismos saben quebrados. Su éxito no es creación de valor, sino una ganancia tóxica, sustentada en la pérdida masiva de quienes nunca fueron invitados a la mesa.

Estamos frente a un beneficio contaminado que requiere de la desestabilización total del mundo para florecer. Buscan el lucro en el caos impuesto, ignorando —o fingiendo ignorar— que la realidad, incansable, ya está exhibiendo de manera constante los signos del colapso.

Vivimos en medio de una inequidad sistémica que pocos quieren analizar de forma consciente. El juego está viciado: el beneficio de unos pocos es el veneno de la colectividad. Sin embargo, la realidad no se detiene ante las caras de póker; el resultado es persistente y la evidencia, absoluta.

El primer paso para romper el juego es dejar de mirar con incredulidad y comenzar a reconocer la arquitectura de la trampa.

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