Carlos Eduardo Lagos
La excepcionalidad no crea doctrina
Este análisis no pretende justificar ni normalizar la intervención extranjera, la violación de la soberanía ni la extracción forzada de gobernantes como instrumento legítimo del orden internacional. Lo ocurrido en Venezuela responde a una situación excepcional, caracterizada por la destrucción previa del orden constitucional, la clausura total de la vía democrática y la captura del Estado por un régimen autoritario sostenido exclusivamente en la coerción.
Reconocer esa excepcionalidad no implica aceptar como precedente que la fuerza pueda sustituir al derecho en Estados soberanos funcionales. Por el contrario, obliga a advertir que la generalización de este tipo de acciones sería profundamente regresiva para el sistema internacional.
Antecedentes del chavismo: de la promesa popular al Estado capturado
El chavismo no nació como una dictadura clásica, sino como un proyecto político que canalizó un profundo malestar social y una crisis histórica de representación. Bajo el liderazgo de Hugo Chávez, combinó legitimidad electoral con un proceso progresivo de concentración del poder, debilitamiento de los contrapesos institucionales y subordinación política de las Fuerzas Armadas.
Con el tiempo, ese modelo derivó en un Estado capturado, donde las fronteras entre partido, gobierno, fuerzas militares y economías ilícitas se diluyeron. La sucesión de Chávez no abrió una nueva etapa: Nicolás Maduro heredó una estructura erosionada y optó por cerrarla completamente, sustituyendo consenso por coerción y legalidad por control administrativo.
Lo que comenzó como hegemonía política terminó configurando un régimen autoritario funcional, sostenido no por el respaldo popular sino por el control territorial, la represión selectiva y un entramado de lealtades internas y externas.
Alianzas estratégicas con potencias no alineadas y rivales históricos de Estados Unidos
Uno de los pilares de la supervivencia del régimen fue su inserción deliberada en un eje geopolítico alternativo al orden liberal occidental. Venezuela dejó de actuar como un Estado periférico para convertirse en un activo estratégico de potencias no alineadas o abiertamente rivales de Estados Unidos.
La relación con Irán trascendió la diplomacia y se extendió a cooperación energética, militar y de inteligencia. A ello se sumó el respaldo económico y tecnológico de China y el apoyo militar y logístico de Rusia. Incluso actores como Corea del Norte aportaron asesoría en control interno y seguridad del régimen.
Este entramado convirtió a Venezuela en un nodo de disputa geopolítica, donde la permanencia del chavismo adquirió valor estratégico internacional.
El fraude electoral: la clausura definitiva de la vía democrática
El fraude electoral que impidió la posesión de Edmundo González marcó un punto de no retorno. No se trató de irregularidades marginales, sino de la anulación abierta de la voluntad popular mediante el control total del aparato electoral y judicial.
Con ese acto, el régimen clausuró definitivamente la vía democrática. La existencia de presos políticos, la represión sistemática de la protesta y la persecución judicial confirmaron que el proceso electoral había dejado de cumplir incluso una función simbólica. No fue casual que la mayoría de países democráticos del mundo negara el reconocimiento al gobierno de Maduro.
Negociaciones fallidas y el espejismo del exilio dorado
Durante años, la comunidad internacional apostó por negociaciones discretas con el régimen. El resultado fue un espejismo diplomático: salidas individuales, exilios dorados y concesiones que permitieron al régimen ganar tiempo, reorganizar apoyos y profundizar su dependencia militar e internacional.
El error estructural fue asumir que un poder sostenido en la coerción podía desmontarse mediante incentivos graduales.
La movilización naval y el lenguaje del poder
La movilización naval y las advertencias explícitas marcaron un punto de quiebre. Más que una demostración inmediata de fuerza, constituyeron un mensaje estratégico: el statu quo había dejado de ser tolerable.
En este contexto, reapareció una premisa incómoda pero históricamente recurrente: las dictaduras cerradas no suelen caer por la vía democrática, no por desvalorizar la democracia, sino porque el poder autoritario no se somete voluntariamente a reglas que lo despojan.
Fuerza, derecho internacional y el límite normativo
Aquí se sitúa el debate más delicado. La intervención expuso una tensión estructural del derecho internacional contemporáneo: su incapacidad operativa frente a regímenes que han vaciado desde adentro toda legalidad.
Invocar el derecho como límite absoluto cuando este ha sido neutralizado en los hechos no siempre contiene el poder; en ocasiones, lo consolida. Sin embargo, reconocer esa ineficacia no equivale a declarar prescindible el orden jurídico internacional, ni mucho menos a legitimar la fuerza como principio rector.
El dilema no fue entre legalidad e ilegalidad abstractas, sino entre acción excepcional frente a una dictadura clausurada y la preservación de un marco normativo que había dejado de producir efectos reales sobre el terreno. La clave está en no convertir la excepción en doctrina: admitir que el derecho falló en Venezuela no autoriza a sustituirlo por la voluntad unilateral de las potencias en Estados soberanos funcionales.
El riesgo no es solo jurídico, sino político: normalizar la fuerza como solución reorganiza la dominación en lugar de limitarla.
El discurso de Trump y el giro estratégico
El discurso posterior del presidente Donald Trump modificó la lectura inicial, fue polémico al manejar el tema del petróleo como un activo propio de los Estados Unidos, en el campo político lejos de anunciar una ocupación si hablo de administración o tutela indefinida en el tiempo, intentó aclarar que Estados Unidos busca la estabilización rápida y una reducción de riesgos estratégicos.
Posteriormente otros voceros aclararon la decisión de comprar el petróleo venezolano a precios comerciales, aunque pasando facturas antiguas y asumo que las del cerco y la administración también de facto, esto refuerza una lógica pragmática: contención geopolítica paralela a una reconstrucción política dirigida.
El factor regional: Petro, Trump y la distensión necesaria
En este nuevo escenario adquiere relevancia el acercamiento entre el presidente Gustavo Petro y el presidente Trump, propiciado por la Embajada de Estados Unidos y con una reunión proyectada en la Casa Blanca en la primera semana de febrero.
Este deshielo reduce tensiones recientes y devuelve a Colombia un margen de maniobra regional en un contexto altamente volátil, esperamos que el presidente Petro sepa manejar esta situación que se le presenta en un momento inesperado debido a la alta tensión en las relaciones bilaterales causadas por ambos dirigentes.
¿Por qué no María Corina? El dilema del poder real
La no incorporación inmediata de María Corina Machado respondió a un cálculo político:
Según los agresores del Pentágono y la CIA ella carece del control efectivo sobre las Fuerzas Armadas y los actores coercitivos en momentos en que se requiere mantener un equilibrio en medio de la alta tensión que conlleva esta transición y que seguramente requerirá de otros ajustes en los liderazgos del gobierno chavista, los cuales incluyen por supuesto delaciones, correlaciones de fuerza e incluso vendetas dentro de su estructura, y una altísima depuración que permita una transición democrática, lo que no descarta una segunda ola de bombardeos e incluso extracciones, exilio dorados o bajas en combate o fuera de él… (Así caen las dictaduras!). No lo han dicho es mi perspectiva
En las transiciones desde los regímenes autoritarios, el simbolismo suele ceder ante la necesidad de evitar una implosión violenta del Estado.
El núcleo duro: Diosdado Cabello y Vladimir Padrino López
El futuro inmediato depende del desmonte del núcleo duro del régimen, concentrado en Diosdado Cabello y en el general en jefe Vladimir Padrino López, comandante estratégico operacional de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.
Los escenarios más viables apuntan a su extracción, extradición o asilo como condición para desarticular el poder fáctico en un régimen enquistado en el poder desde hace muchísimos años.
Presos políticos y el hecho incontrovertible
La reciente liberación de presos políticos, exigida durante años por la comunidad internacional, se produjo solo tras la intervención.
Este hecho refuerza una conclusión empírica: la dictadura no cedió bajo presión diplomática, sino ante la alteración del equilibrio de poder.
Conclusión: transición, soberanía y advertencia final
Las distintas tesis convergen en un punto esencial: Venezuela necesita una transición rápida, democrática y soberana, preferiblemente canalizada por mecanismos multilaterales.
La intervención abrió una grieta, pero no puede ni debe convertirse en un precedente.
Normalizar la fuerza como sustituto del derecho sería abrir la puerta a un orden internacional más inestable y arbitrario.
El caso venezolano debe leerse como una excepción trágica, no como un modelo exportable. El desafío es cerrar la transición con rapidez, devolver la soberanía al pueblo venezolano y evitar que la ruptura del autoritarismo derive en una tutela externa o en nuevas formas de dependencia.
La historia es clara: las transiciones incompletas no resuelven las crisis; las prolongan.




