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Bestiario político de Colombia: fauna criolla —real-metafórica y mitológica— en estos tiempos dificiles

Carlos Eduardo Lagos

Dicen los viejos bestiarios que en épocas remotas los sabios catalogaban a criaturas imposibles: dragones, unicornios, aves que lloraban y peces que caminaban.

Pero ninguno de esos libros se atrevió a incluir a la especie más sorprendente: la fauna política, un ecosistema donde conviven criaturas reales, metaforicas y mitológicas, capaces de desafiar la zoología, la lógica y en ocasiones, el sentido común.

Este compendio reúne los dos últimos:
primero, las criaturas metafóricas, inspiradas en actores de nuestra vida pública;
y luego, sus equivalentes mitológicos, que explican mejor que en política cualquier cosa puede suceder..

🔹 PRIMERA PARTE: BESTIARIO METAFORICO

  1. El Promesaurio de cuello largo

Hábitat: tarimas, plazas públicas, redes sociales.

Este ser aparece siempre erguido, elegante, con un cuello tan largo que parece diseñado para alcanzar las nubes de las promesas electorales.

Sus palabras brotan con una facilidad casi poética: cada compromiso es una flor que, sin embargo, muere apenas cae el primer voto.

El Promesaurio de cuello largo vive de expectativas ajenas: las devora con suavidad, las digiere mal y las regresa al ecosistema convertidas en excusas.

  1. El Camaleón Republicano

Hábitat: cualquier lugar donde haya cámaras o encuestas.

Este espécimen está dotado de una flexibilidad ideológica digna de estudio. Cambia de color, de partido y de postura sin esfuerzo visible.

Su frase favorita es: «yo siempre he estado aquí», incluso cuando hace cinco minutos proclamaba lo contrario.

El Camaleón Republicano no tiene enemigos: solo antiguos aliados.

  1. El Lobopopulista común

Hábitat: marchas, transmisiones en vivo, micrófonos disponibles.

De mirada ardiente y aullido eficaz, este animal se alimenta del descontento.

Convierte problemas complejos en consignas contundentes, y aunque su receta rara vez soluciona algo, consigue seguidores fieles que confían en su instinto.

Sus enemigos naturales son la evidencia y la paciencia ajena.

  1. La Comadreja Burocrática

Hábitat: oficinas públicas, ventanillas, pasillos donde el tiempo se estanca.

Es una criatura silenciosa, pero devastadora.
Cava túneles llamados “trámites”, “comités”, “subcomisiones”, “actas” y “estudios previos”.
Tiene la asombrosa habilidad de convertir lo urgente en “estamos revisando” y lo simple en un expediente eterno.

Su madriguera es inexpugnable: cualquier documento que entra puede desaparecer sin explicación.

  1. El Pavo Real Electorero

Hábitat: campañas, caravanas, jingles, vallas de gran tamaño.

Aparece cada cuatro años con un plumaje brillante, frases memorables y sonrisas ensayadas al milímetro.

Desfila con gracia, saluda con fervor y promete desde la punta de las plumas hasta el alma; pero una vez pasa la elección, las plumas se caen súbitamente y el pavo se repliega hasta la siguiente temporada.

  1. El Dragón de las Redes Sociales

Hábitat: Twitter, TikTok o donde quiera que haya pelea.

De fuego digital constante, este reptil ruge desde la comodidad del teclado.

Es temido por su audacia virtual, aunque en la vida real es dócil, casi tímido.

Sin wifi, pierde toda capacidad combativa: ni ruge, ni pelea, ni da likes.

  1. El Ave Fénix Parlamentaria

Hábitat: curules reciclables, movimientos recién inscritos, anuncios de “renacer”.

Es ell prodigio de la fauna política: cae, desaparece, es investigada, expulsada o derrotada… pero siempre regresa con un nuevo logo y un discurso renovado.

La ciencia no ha logrado explicar su longevidad; la sociología sospecha que depende del olvido colectivo.

  1. El Señor del Pliego (criatura contractual-administrativa)
    Hábitat: comités de contratación, pasillos en penumbra, oficinas donde huele a tinta fresca.

Es un animal nocturno: negocia mejor cuando nadie lo observa.

De plumaje sobrio y sonrisa estratégica, detecta oportunidades donde otros ven simple papel.

Domina el arte del “esto es por el bien del municipio” mientras, detrás del telón, se intercambian favores inoxidables.

Nunca se extingue: solo muta.

  1. El Oráculo Encuestológico

Hábitat: paneles de opinión, estudios de televisión, gráficas que parecen científicas.
Habla en porcentajes, predice con solemnidad y asegura con firmeza que “la tendencia es irreversible”… hasta que la tendencia cambia.
Cuando acierta, es vidente; cuando falla, culpa a la muestra, al clima o al universo entero.
Fluctúa más que camina.

  1. La Mariposa de Consultoría

Hábitat: contratos temporales, PowerPoints eternos, oficinas donde nadie sabe quién la contrató.
De colores brillantes y discurso impecable, la Mariposa de Consultoría aparece con promesas de “transformación integral”.
Su vuelo es breve pero costoso.
Al final del proyecto desaparece sin dejar rastro, salvo un documento final que nadie lee pero todos archivan “por si acaso”.

  1. El Delfín Rosado

Hábitat: oficinas contiguas al poder, fundaciones, comités estratégicos y círculos donde se decide sin votar.
Es una criatura carismática, de sonrisa natural y movimiento elegante, cuidadosamente adiestrada para suceder al patriarca, la matriarca o el líder de turno.
No hace ruido: flota.
No es agresivo: seduce.
Y, al igual que su par amazónico, aparece cuando las aguas se revuelven, anunciando cambios que parecen naturales pero están milimétricamente calculados.
El Delfín Rosado sabe ocupar espacios sin parecer que los está ocupando; aprende a la sombra, asciende sin prisa y un día —sin sorpresa para nadie, excepto para los ingenuos— emerge como heredero legítimo del poder.

  1. La Rata de Alcantarilla

Hábitat: subsuelos administrativos, redes de favores ocultos, sótanos donde se deciden cosas que jamás quedan por escrito.
Esta criatura evita la luz con devoción religiosa. Se mueve entre drenajes institucionales, memorandos olvidados y contratos con letra pequeña.
La Rata de Alcantarilla no compite en elecciones ni busca la gloria pública: su reino es la penumbra.
Tiene un olfato superlativo para detectar filtraciones de presupuesto, ductos de contratación, grietas donde pueda colarse un negocio y tuberías por donde escurren recursos perdidos.
Su técnica es silenciosa, meticulosa y casi siempre exitosa: muerde sin dejar marca, roza sin dejar huella y desaparece antes de que alguien pregunte.
Se reproduce rápido y viaja en manada, pero nadie admite haberla visto.
Cuando aparece la prensa o los organismos de control, ya ha escapado por un ducto que solo ella conoce.

  1. El Dodo Político

Hábitat: archivos de memoria institucional, fotografías amarillentas, discursos que ya nadie recuerda.
Criatura entrañable, símbolo de otra época, tan íntegro que terminó extinguiéndose.
El Dodo Político cumplía sus deberes sin aspavientos, honraba la palabra empeñada y creía que la ética no era un accesorio sino una columna vertebral.
Respetaba los resultados electorales sin reclamar conspiraciones, asumía derrotas con dignidad y jamás convirtió la burocracia en un botín.
Su tragedia fue sencilla: jugaba limpio en un ecosistema donde otros ya habían aprendido a sobrevivir mediante artificios más rápidos.
Por eso, un día, simplemente desapareció.
Se rumora que alguno sobrevive en rincones remotos de la memoria ciudadana, pero nadie lo ha visto recientemente.

SEGUNDA PARTE: BESTIARIO MITOLÓGICO

(Su contraparte fantástica, igualmente reconocible)

  1. La Quimera Político-Administrativa

Hábitat: mesas técnicas, ruedas de prensa, reuniones donde nadie entiende nada.
Criatura híbrida, contradictoria por excelencia: ruge como león cuando promete, tropieza como cabra cuando ejecuta y muerde como serpiente cuando las cosas salen mal.
La Quimera suele anunciar planes grandiosos con voz firme, pero al llevarlos a la práctica se enreda en su propio diseño.
Su especialidad: generar tres versiones distintas de la misma política pública… todas incompatibles entre sí.

  1. La Esfinge Institucional

Hábitat: altos cargos, comisiones de expertos, oficinas donde todo debe interpretarse.
Ser enigmático que habla en acertijos y espera que los demás adivinen su intención.
Nunca responde directamente, jamás escribe con claridad y siempre deja la sensación de que “falta contexto”.
Cuando alguien se atreve a pedir explicaciones, la Esfinge responde con otra pregunta más confusa todavía.
Ideal para garantizar que nada se entienda, pero todo parezca trascendental.

  1. El Minotauro del Laberinto Estatal

Hábitat: estructuras administrativas llenas de anexos, resoluciones y conceptos contradictorios.
Feroz guardián de procesos interminables, devora proyectos enteros sin maldad, solo por hambre burocrática.
El Minotauro ignora dónde queda la salida de su propio laberinto, pero protege con ferocidad cada pasillo, cada firma y cada sello.
Quien entra buscando una solución sale, con suerte, con un radicado y un dolor de cabeza

  1. La Manticora Electoral

Hábitat: debates, campañas, mesas de estrategia y chats donde se planean ataques “finos”.
Con cuerpo de león, rostro humano y cola envenenada, es una experta en lanzar dardos disfrazados de opinión.
Su sonrisa es encantadora, pero cada palabra que pronuncia inocula veneno en reputaciones ajenas.
Nunca confronta de frente: ataca desde la sombra, por terceros o desde redes anónimas que jura no controlar.

  1. El Leviatán del Poder Público

Hábitat: aguas profundas del Estado, donde solo se mueven estructuras gigantescas.
Ser colosal e invisible que, cuando despierta, altera el panorama institucional entero.
Su movimiento es lento pero devastador: una simple ondulación puede tumbar ministros, cambiar políticas o provocar mareas legislativas.
El ciudadano común rara vez lo ve, pero siempre siente su paso.

  1. El Basilisco Mitológico-Político

Hábitat: oficinas donde se toman decisiones críticas, mesas de revisión jurídica, escenarios donde una sola mirada puede detenerlo todo.
El Basilisco, rey de las serpientes según los antiguos, no necesita atacar para devastar: su mera presencia basta.
Su mirada puede petrificar iniciativas enteras, su aliento seca la voluntad política y su sombra marchita cualquier proyecto que se acerque demasiado.
Se mueve poco, pero cuando lo hace, los equipos se paralizan, los ministros tiemblan y los procesos quedan convertidos en piedra.
No grita, no ruge, no pelea: con solo observar, inocula un temor institucional que aborta reformas y congela decisiones.
No destruye con pasión: destruye por naturalez

  1. La Gorgona del Escándalo Permanente

Hábitat: ciclos mediáticos, filtraciones, audios mal grabados y columnas del domingo.
Con serpientes por cabello y temperamento impredecible, convierte en piedra carreras políticas completas.
La Gorgona puede dormir tranquila meses, pero cuando despierta basta un giro de cabeza para paralizar ministerios enteros.
Nadie la enfrenta directamente: mirarla de frente es quedar petrificado en la opinión pública.

  1. El Wendigo de la Ambición Pública

Hábitat: pasillos del poder, partidos en crisis, espacios donde huele a oportunidad.
Espíritu famélico de apetito insaciable: todo lo quiere, nada le basta.
Se alimenta de cargos, presupuestos, promesas y lealtades ajenas.
El problema no es que devore; es que una vez empieza, ya no puede detenerse.
Su presencia se reconoce porque deja a su alrededor un paisaje de alianzas rotas y estructuras consumidas.

Conclusión: del bestiario a la responsabilidad ciudadana

Este bestiario no fue escrito para entretener al lector ni para burlarse de la política. Fue escrito para hacer visible lo que suele esconderse, para nombrar comportamientos que, por repetidos, se han vuelto normales. Las bestias del poder no nacen de la nada: prosperan en ecosistemas donde nadie las observa, nadie las señala y nadie las sanciona.

La democracia no se debilita solo por culpa de quienes la depredan, sino también por la resignación de quienes la habitan. Cada Promesaurio sobrevive gracias a la memoria corta; cada Camaleón del Estero, gracias a la indiferencia; cada Rata de Alcantarilla, gracias a la oscuridad; y cada Basilisco, gracias al miedo que paraliza.

Extinguir estas bestias no requiere épica ni héroes solitarios. Requiere ciudadanos atentos.
Requiere votar con memoria, no con rabia ni con olvido.
Requiere exigir coherencia, no solo carisma.
Requiere castigar la opacidad y premiar la decencia, aunque no haga ruido ni produzca espectáculo.

Las especies más dañinas del poder no desaparecen por desgaste natural: se extinguen cuando dejan de ser útiles electoralmente.
Por eso, el verdadero antídoto no está en el discurso indignado, sino en el acto cotidiano de la ciudadanía: informarse, preguntar, contrastar, participar y, llegado el momento, negar el voto a quienes se comportan como depredadores de lo público.

Este bestiario no pretende cerrar la discusión, sino abrir los ojos. Porque una democracia madura no es la que no tiene bestias, sino la que ya no les permite gobernar el ecosistema.

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