Octavio Cruz
La existencia humana contemporánea se debate entre dos fuerzas centrípetas: una fragilidad intrínseca que nos habita como una escarcha sobre cuerpos olvidados, y una maquinaria de explotación que utiliza esa misma vulnerabilidad como combustible financiero. Lo que comienza como una reflexión sobre la limitación del querer frente al poder escala hacia una denuncia de cómo la ignorancia —lejos de ser un vacío accidental— se ha convertido en la “perla” más codiciada del mercado global.
En primera instancia, debemos reconocer la naturaleza de nuestras construcciones personales. El ser humano suele soldar sus anhelos con “imaginarios pegamentos”, creando estructuras que colapsan ante el peso de lo real. Esta precariedad es, en esencia, nuestra propiedad más honesta. Sin embargo, en lugar de habitar esa decrepitud con la dignidad de quien acepta sus límites, la sociedad de consumo nos ofrece una prótesis de ilusiones. Es aquí donde la fragilidad individual deja de ser un proceso de introspección para convertirse en una oportunidad de negocio, bajo el peso de una visión antropocéntrica.
El aspecto más inquietante de esta dinámica no es la ignorancia en sí, sino quienes la administran. Existe un sector de la población, “educado y preparado”, que ha decidido alquilar su conciencia. Estos arquitectos del engaño estructurado no son ignorantes; por el contrario, poseen un conocimiento técnico superior que utilizan para cartografiar las limitaciones intelectuales de la masa.
Su labor es perversa: diseñan espejismos que aparentan solidez para que el individuo, en su precariedad, crea que está comprando poder cuando en realidad solo refuerza su querer ilusorio. La responsabilidad ética se diluye en el flujo de caja y la preparación académica se degrada hasta convertirse en una simple herramienta de captura y explotación.
El sistema corporativo no persigue la educación del soberano, sino la maximización de su desconocimiento. Existe una correlación directa entre la agresividad comercial y la degradación humana. Para que una corporación pueda explotar los recursos naturales sin resistencia, necesita una población cuya capacidad de juicio esté tan congelada como la escarcha de los cuerpos abandonados.
La ignorancia masificada es, por tanto, una estrategia de extracción. Se extrae litio de la tierra de la misma forma en que se extraen la atención y la voluntad del ciudadano: mediante el abuso sistemático de sus limitaciones. El resultado es una desmesura comercial que no reconoce fronteras éticas y que opera bajo la premisa de que todo es mercancía, desde el bosque virgen hasta la neurona desinformada.
La “ilusión escarchada” es el producto final que las corporaciones venden para ocultar la precariedad intrínseca. Mientras los mejor preparados sigan poniendo sus convicciones al servicio de la degradación humana, la sociedad continuará siendo una mole de armazones soldados con falacias.
La única salida frente a este engaño estructurado es la exigencia de comportamientos anclados en proyecciones reales. Es necesario derretir la escarcha de la falsa necesidad para ver, con ojos crudos, la estructura de lo posible. Solo así podremos dejar de ser recursos explotables y convertirnos, finalmente, en sujetos de nuestra propia realidad.




