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Ante el probable fin de otra historia

Octavio Cruz

La persistencia del capitalismo, al permitir que sus mejores representantes impongan bajo criterios personalistas unas metodologías para la creación e instalación de sistemas profundamente individualistas, está comenzando a resquebrajar unas bases que parecían sólidas. Tanto así que, tras el final de la Guerra Fría y el derrumbe económico de la Unión Soviética, se llegó a anunciar el “fin de la historia”, bajo la idea de que, sin la injerencia de codicias y avaricias extremas, sería posible que las socialdemocracias repartieran beneficios, intereses y ganancias entre la mayoría de sus habitantes.

Sin embargo, una vez se cantó victoria, surgieron de inmediato las maquinaciones ideológicas que impusieron el neoliberalismo. Este modelo, sustentado en la eliminación de funciones sociales de los Estados sociales de derecho, se consolidó para garantizar la acumulación de las riquezas planetarias en muy pocas manos. Así se comprobó que la historia humana no es pendular, como algunos aseguran, sino que está determinada por influencias que emergen desde organizaciones tipo clanes familiares, bandas delincuenciales o círculos cerrados empresariales e industriales, representados magistralmente por las corporaciones globales.

Ese conjunto de poderes constituye el epítome de la desesperanza para las sociedades humanas, obligadas a soportar sumisa y dócilmente políticas que han desestructurado cualquier lógica comunitaria. Pero, al mismo tiempo, empieza a abrirse la posibilidad de una revaluación, en la medida en que amplias franjas de población directamente afectadas por decisiones egoístas parecen estar reaccionando.

Esta situación se está manifestando, paradójicamente, en el país que mejor representa el capitalismo imperante: Estados Unidos. Allí comienzan a gestarse suspicacias y expectativas en torno al posible origen de cambios sociales desde la propia meca del capitalismo salvaje. Surgen movimientos con tintes socialistas al interior de partidos políticos tradicionales —en particular dentro del Partido Demócrata— que históricamente han servido a una corporatocracia, entendida como el gobierno de las corporaciones. Dichos movimientos intentan mostrar a la ciudadanía que la participación en elecciones imparciales y justas podría ser un camino civilizado para frenar los abusos de los poderes financieros, legales o ilegales, que han logrado institucionalizarse al influir e instrumentalizar las políticas públicas y sociales de los Estados.

Ojalá no estemos cometiendo el mismo error del politólogo Francis Fukuyama, cuando cantó victoria antes de tiempo.

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